Honorables integrantes del presídium; distinguidas autoridades; señoras y señores:
En nombre del Comité Organizador, les doy la más cordial bienvenida a la celebración de esta trigésima novena edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Reconozco y agradezco la presencia de:
- En primer lugar, la del Secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard Casaubón, en representación de la Presidenta de la República, cuya presencia agradecemos de manera muy especial.
- Del Alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, a quien agradecemos su invaluable apoyo y entusiasmo para hacer posible esta edición de la FIL.
- Del Gobernador Constitucional del Estado de Jalisco, Jesús Pablo Lemus Navarro, cuya presencia fortalece el compromiso de nuestra entidad con la cultura y con este encuentro que es orgullo de Jalisco y de México.
- De la Rectora General de la Universidad de Guadalajara, Karla Alejandrina Planter Pérez, cuyo liderazgo y respaldo institucional son fundamentales para la vida y proyección de esta Feria.
- Y, de manera especialmente significativa, del escritor franco- libanés y ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2025, Amin Maalouf, cuya trayectoria engrandece esta ceremonia y nos recuerda el poder de la literatura para iluminar nuestra época.
Muy buenos días.
Hay ciudades que se construyen con piedra, otras con silencios, algunas con puertos, avenidas, o nostalgias. Y hay ciudades, como Barcelona, que se construyen con libros, con pensamiento, a veces con disidencia, pero siempre con ciudadanía.
Y hay ferias libreras, como la de Guadalajara, que no se levantan solamente con imprentas, pabellones y estantes, sino con la convicción de que la palabra es el territorio más fértil de la libertad.
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara es el espacio donde se exhibe un catálogo editorial del invitado de honor. Pero es también el lugar donde el libro conversa con su tiempo, interpela al lector y se reafirma como una forma de conciencia.
Aquí no solo celebramos al libro como un objeto; celebramos el acto de leer, que es también el de pensar, imaginar, disentir y comprender. Quien piensa, discrepa. Quien lee, se atreve. Quien escribe, deja testimonio.
Tal como la concibió Raúl Padilla López –quien por cierto recibió el honor de la Condecoración de la Cruz de Sant Jordi, que otorga la Generalitat de Cataluña–, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es un encuentro cultural para honrar la libertad editorial.
Es una evocación del diálogo, una defensa de la discusión pública y una reafirmación del libro acaso como el último refugio de la conciencia libre.
Durante años, esta Feria ha sido un puente que une tradiciones literarias, regiones del mundo, lenguas, culturas, generaciones y maneras de comprendernos. Un puente que se sostiene gracias a quienes conciben la lectura como una forma de diálogo.
Hoy, tendemos un puente que nos llena de alegría. El puente que une a Barcelona con Guadalajara. Barcelona, la ciudad del libro.
La tierra donde se alberga, con orgullo y vocación, una biblioteca pública por cada barrio; donde se encuentra el corazón editorial de la lengua española; donde las plazas —y hasta los balcones— se convierten en escenarios sociales, tribunas espontáneas y espacios de deliberación.
(Bueno, y por cierto, hay otra pasión que también compartimos: ese entusiasmo futbolero, que une a Barcelona con nuestras propias pasiones deportivas.)
Barcelona es ciudad abierta, plural, inconformista, donde el disentir es un acto cívico y el coincidir, una fiesta; donde Gaudí dibujó formas que no obedecen sólo a la geometría sino a la imaginación; donde Picasso, Miró, Dalí o Ildefonso Cerdá tejieron los trazos con los que se soñó un mundo.
Desde Barcelona hasta la FIL nos une una misma raíz ética, la defensa de la palabra. Barcelona es también la ciudad de las voces disidentes; la FIL, la caja de resonancia de todas ellas.
Barcelona defiende el derecho a decidir, a expresarse, a soñar; la FIL ampara el derecho a leer, a dialogar, a pensar. Ambos espacios, en contextos distintos, celebran lo mismo: que no hay libertad sin ideas, ni ideas sin libros, ni libros sin lectores.
Y si Barcelona nos ofrece, desde sus calles literarias, las rutas de Falcones, Vila-Matas, Rodoreda, Ruiz Zafón, Mendoza o Vázquez Montalbán, la FIL les ofrece un auditorio plural, generoso, tolerante, dispuesto a recorrer con ellos la ciudad de los sentidos.
En medio de esta comunión cultural, recibimos hoy a Amin Maalouf, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2025. Su obra es un cuadrante moral que ayuda a orientarnos en un mundo fragmentado.
Su literatura, tejida con exilio, memoria, mestizaje e identidad, nos recuerda que somos hijos de múltiples herencias, y que la convivencia no florece donde existe uniformidad, sino donde se respeta la diferencia.
Maalouf nos advierte que la humanidad vive extraviada entre la nostalgia del pasado y la ansiedad del porvenir. Y, sin embargo, en esa incertidumbre, el libro sigue siendo el refugio más civilizado de la esperanza.
Y si esta Feria habla de encuentros, también hoy recordamos al maestro Juan José Arreola, único jalisciense que ha recibido este Premio.
Deseo aprovechar esta importante ocasión para dar a conocer que, gracias a la generosidad de su familia, –que hoy nos acompaña y a la que saludo con afecto– la biblioteca personal del gran escritor y juglar jalisciense será donada a la Universidad de Guadalajara y resguardada en la Biblioteca Pública que lleva el nombre de Juan José Arreola. No se trata solo de conservar libros, sino de preservar huellas del pensamiento, latidos de papel, semillas de eternidad. Muchas gracias a la familia Arreola por este importante y muy simbólico donativo.
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara nació para servir a la sociedad desde la cultura, más allá de las coyunturas. Y, por eso, esta feria no se parece a ninguna otra.
No obstante, la industria editorial —la más antigua de las industrias culturales, y quizá la más noble— enfrenta hoy desafíos formidables como son la transición digital, la fragmentación de formatos, las tensiones entre accesibilidad y derechos de autor, la mutación de los hábitos lectores, la irrupción de la inteligencia artificial y la amenaza de la homogeneización cultural.
El libro, ante ello, no renuncia. Se transforma. Y resiste.
Vivimos en tiempos donde el consumo instantáneo domina la conversación pública. La palabra se vuelve efímera, la idea se sustituye por la consigna, la reflexión por la reacción.
En este contexto, el libro emerge como un territorio de tenacidad. Porque obliga a detenerse ante la complejidad, a sostener la mirada sobre lo ambiguo y a aceptar que la verdad suele presentarse en matices. El libro es, hoy más que nunca, la trinchera de lo incómodo, el espacio donde el pensamiento se atreve a formular preguntas.
Porque la lectura no es un acto de consumo, es un acto de voluntad. Leer es renunciar por un instante a la distracción y concederse el privilegio de comprender antes de juzgar. Ningún algoritmo puede sustituir la experiencia profunda del diálogo entre un lector y una conciencia viva que habita en la página.
La inteligencia artificial puede reproducir formas, pero no puede sentir el temblor de una verdad. Puede imitar un estilo, pero no experimentar el riesgo de una idea libre.
Frente a ello, la industria editorial tiene una tarea mayor. Su reto es defender la pluralidad intelectual. Cada editor, cada autor, cada librero, se convierte en un curador de diversidad. Preservar la bibliodiversidad, es preservar el derecho a pensar diferente. No existe libertad profunda sin diversidad de ideas.
Porque hoy, la censura ya no siempre se presenta con rostro autoritario ni con sellos oficiales. Puede asumir formas más sutiles. Se expresa en la autocensura temerosa, en la cancelación social, en el silenciamiento disfrazado de corrección.
El autor ya no teme al Estado, teme al linchamiento digital, teme al mercado, teme a la condena digital. Y sin embargo, el libro, desde su esencia, nació para incomodar, para interpelar; para problematizar lo establecido, para sacudir lo inmóvil, para revelar lo oculto. Proteger al libro es proteger la audacia intelectual.
Y es precisamente ese riesgo intelectual, ético, estético, el que mantiene viva la literatura.
Señoras y señores:
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara es un encuentro librero y cultural. Es una evocación del diálogo, una defensa de la discusión pública diversa, y una reafirmación del libro como el refugio de la conciencia libre.
En medio de la viralidad emocional y la fragmentación de las ideas, el libro representa la estructura más sólida del diálogo en nuestros días. Los libros no gritan, conversan. No buscan aplausos, buscan comprensión.
No seducen con la velocidad, enseñan a permanecer. En un mundo donde todos opinan desde la premura, el libro nos recuerda hoy el privilegio de comprender, antes de juzgar.
Leer es construir pensamiento. No basta con promover la lectura, hay que defender la capacidad de leer con profundidad. Porque sin comprensión no hay ciudadanía crítica, y sin ciudadanía crítica la democracia queda anulada.
Abusando de la metáfora, diría que abonamos para que la vida pública ocurra más en la civilidad del ágora que en la barbarie del pancrasio.
Ante este panorama, los autores no son solamente productores de contenido. No son influenciadores ocasionales, ni una voz que se pierde entre millones. Es conciencia crítica del tiempo. Es memoria y es futuro.
Su lugar no puede ser delegado a la inteligencia artificial, ni sustituido por algoritmos que imitan la forma sin comprender el sentido. Hay creación donde hay conciencia. Hay literatura donde hay riesgo.
Porque el libro es también justicia. Justicia cultural. Preservar el derecho a leer es preservar el derecho a pensar. El conocimiento no puede confinarse como privilegio ni transformarse exclusivamente en mercancía.
La industria editorial tiene la noble responsabilidad de equilibrar la protección de los derechos de autor con la circulación libre de las ideas. Porque una sociedad informada es una sociedad más libre. Y una sociedad libre es aquella que no teme a las preguntas.
La cultura no siempre transforma al mundo de manera inmediata. Pero siempre transforma a las personas que, algún día, cambiarán al mundo. Por eso, este encuentro multicultural internacional además de una feria, es también una semilla.
Inauguramos no solo una edición más de la FIL Guadalajara, sino una conversación que atraviesa siglos, culturas y diferentes formas de pensar. Iniciamos un lugar donde Barcelona ofrece hoy su memoria mediterránea para dialogar con el corazón latinoamericano.
Empezamos un espacio donde Amin Maalouf nos recuerda que las preguntas son más importantes que las certezas. Alentamos la posibilidad de pensar el libro como un medio de imaginar y de comprender.
Sea el mundo bienvenido a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Aquí, como en Barcelona, como en cada lector, la cultura no termina; apenas comienza. Sigamos defendiendo el libro. Sigamos defendiendo la palabra, que es, en esencia, la más humana de las libertades.
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