Ocotlán, Jalisco

La crisis económica derivada de la paralización de las actividades para enfrentar la crisis sanitaria no sólo se llevó el crecimiento y está desapareciendo una gran cantidad de empleos, sino que tiene efectos directos en la profundización de la pobreza y en una mayor precarización de las condiciones de vida de millones de personas. Las proyecciones para México no son alentadoras: para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), debido a la pandemia se sumarán a la pobreza 8.9 millones de personas, en tanto unas 7.7 millones de personas caerán a la franja de pobreza extrema. En tanto para el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), habrá 9.8 millones de pobres más, así como 10.7 millones más en pobreza extrema.

Para apuntalar estas proyecciones ya graves, BBVA Research estima que en total serán entre 12 y 16.4 millones de personas las que se sumarán a la pobreza, con lo que se tendría entre el 58.4 y el 61.9 por ciento de la población en la pobreza. Si tomamos los datos del Coneval de 2018 en los cuales se contaban 52.3 millones de pobres, como resultado de la pandemia podríamos llegar a cerca de 70 millones de personas en condiciones de pobreza. Y algo que se debe tomar muy en cuenta es que estas proyecciones están hechas sobre la marcha, desde el centro de la pandemia, por lo que necesitamos que todo se calme para tener estimaciones más certeras.

El retorno a la nueva normalidad nos confrontará con un escenario en el que habrá muchas personas sin trabajo, otras con trabajos precarizados, más personas en condiciones de pobreza por falta de ingresos y, por lo tanto, un mercado de consumo deprimido que tardará más que el sector productivo en volver a reactivarse.

La pregunta de fondo es cómo se enfrentará una pobreza creciente en medio de condiciones adversas y de una gran incertidumbre. Y hasta ahora la respuesta que se tiene es tibia: con el incremento de los apoyos mediante los mismos programas sociales que había antes de la pandemia, con los microcréditos y con las proyecciones de las grandes obras, apenas se contribuye a minimizar la caída de la economía, aunque los pronósticos siguen siendo críticos.

El reto de la pobreza pospandemia será muy superior al que se tenía antes. No sólo por el incremento en números, sino que porque se trata de millones de historias de vida que convergen en un momento en el que más que nunca necesitan un empleo, un ingreso, seguridades, certezas y apoyo. Y todo esto en el contexto de una crisis económica mundial como no habíamos tenido en casi 100 años.

Para ponerlo en claro: una situación extraordinaria, en una crisis extraordinaria, exige soluciones extraordinarias. Se requiere de una inyección gigantesca de recursos en la economía, tal como lo están haciendo China y Japón. Todas las obras públicas e inversiones que generen empleo deben ser prioridad, porque del empleo vienen los ingresos, la distribución, el consumo y la reactivación. Ya no alcanzan viejas fórmulas, como el simple crecimiento concentrado; ahora el reto es que todo se movilice desde abajo. Lo que no veo hasta ahora es cómo lo harán.

Por Héctor Farina Ojeda