Se cumplen 175 años de la muerte de Mary Shelley, un aniversario que nos invita a acercarnos a su vida y a su obra no como reliquias románticas, sino como un punto de partida imprescindible para entender la cultura contemporánea, la ciencia, la ética y la condición humana.
Mary Shelley falleció en Londres el 1 de febrero de 1851, a los 53 años, después de una vida intensa, atravesada por la muerte, el duelo y la dedicación literaria.
Publicada de forma anónima en 1818, 'Frankenstein o el moderno Prometeo' fue gestada por una Mary Shelley de apenas dieciocho años cuando se encontraba sola, embarazada y marcada por la pérdida de su madre.
Shelley nunca recibió en vida la recompensa económica o el reconocimiento completo por su obra, pero su legado intelectual sigue siendo inmenso: no hay otra figura de la literatura del siglo XIX cuya voz siga dialogando tan directamente con la ciencia ficción, la ética contemporánea y la reflexión sobre el ser humano.
Su criatura, Frankenstein, lejos de permanecer bajo su control, ganó autonomía simbólica y cultural, convirtiéndose en un mito que se expandió más allá de los libros, en el teatro, el cine y la imaginación colectiva.
Considerada la obra fundacional de la ciencia ficción moderna, la obra inauguró el género al basar la creación de vida, no en la magia o lo sobrenatural, sino en la ciencia y la experimentación, utilizando los descubrimientos recientes, como la electricidad, para dar vida.
Frankenstein, mantiene elementos del romanticismo y de la novela gótica de su tiempo para crear escenarios lúgubres o de terror, pero va más allá: reflexiona sobre los límites de la ciencia y de la condición humana, poniendo énfasis en el peso de la responsabilidad y de la ética en la investigación científica, temas vigentes 200 años después.
Nacimiento de un mito

Foto Ken Woroner/Netflix © 2025.
El origen de Frankenstein se sitúa en un verano extraordinariamente frío y gris de 1816, conocido como “el año sin verano” debido a las consecuencias de la erupción del volcán Tambora en Indonesia, que provocó anomalías meteorológicas.
Mary Shelley, Percy Bysshe Shelley, Lord Byron, el médico y escritor John William Polidori, y Claire Clairmont, hermana de Mary, se refugiaron en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, cerca de Ginebra.
Allí, entre tormentas eléctricas y largos días de confinamiento, surgió un juego que cambiaría la historia de la literatura: cada uno debía inventar un relato de terror. Del reto surgieron dos mitos modernos: Polidori creó el primer vampiro literario contemporáneo, mientras Mary Shelley dio vida a Frankenstein, un ser compuesto de restos humanos.
La originalidad de la joven Mary consistió en unir la tradición gótica y romántica con la ciencia de su tiempo. La fascinación por los experimentos de Luigi Galvani, que demostraban cómo la electricidad podía hacer convulsionar a los músculos de animales muertos, se convirtió en la chispa de la narrativa.
En la novela, el doctor Víctor Frankenstein aplica métodos científicos para insuflar vida a la materia inerte, inaugurando lo que después llamaríamos ciencia ficción. Pero la verdadera innovación de Shelley no reside en la técnica, sino en las consecuencias de los actos: la creación de vida sin responsabilidad desemboca en tragedia.
La ética de la creación es el núcleo de la obra, y su mensaje perdura porque trasciende cualquier moda literaria: el horror está en el abandono, no en la monstruosidad.
Mary Shelley escribió esta historia en un momento de su vida marcado por la pérdida y la vulnerabilidad. Apenas unos meses antes de viajar a Suiza, había abandonado la casa paterna para huir con Percy Shelley, poeta casado, desafiando las convenciones sociales de la época.
La decisión le supuso enfrentarse al rechazo familiar y a la precariedad.
La vida de Mary se entrelaza con la muerte desde el inicio: su madre, la filósofa feminista Mary Wollstonecraft, falleció tras darla a luz; su padre, William Godwin, mantuvo con ella una relación distante por lo que la sensación de la pérdida y la precariedad vital alimentó una sensibilidad especial que se refleja en la novela: también "su criatura" es abandonada y rechazada, como se sintió Mary en muchos momentos de su vida.
En Villa Diodati, aquellas noches de tormenta se convirtieron en laboratorio literario. La joven Mary recordaba sus pesadillas, y los trasladó al papel: la criatura que describe es grande, poderosa y físicamente grotesca, pero inocente.
- Aprende a hablar, a leer y a distinguir el bien del mal a través de la observación de los humanos, como un niño que descubre el mundo sin guía ni protección.
Shelley, al imaginar esta dinámica, anticipa uno de los grandes debates de nuestra época: ¿qué ocurre cuando una creación supera la intención de su creador? El dilema ético que plantea sigue siendo central en debates contemporáneos sobre biotecnología e inteligencia artificial.
Vida y muerte, el trasfondo de la creación

Foto Ken Woroner/Netflix © 2025.
Mary Shelley vivió rodeada de muerte, duelo y fracasos, y su biografía ilumina la comprensión de su obra. Perdió a tres de sus cuatro hijos en la infancia. (En 1818, mientras los Shelley se encontraban de viaje por Italia, su hijo William enfermó y murió; en 1819 lo haría también Clara, su tercera hija; y en 1822 sufrió un aborto en el que casi perdió la vida ella misma). También vio cómo la primera esposa de Percy se suicidaba y experimentó la muerte por ahogamiento de su marido en 1822.
La muerte permea su vida y su narrativa: la novela es tanto un relato de horror como una meditación sobre la fragilidad de la vida y la soledad del ser humano. A pesar de estas tragedias, Mary construyó una obra extensa: escribió biografías, ensayos, relatos y poemas, además de continuar explorando la novela gótica y de ficción con títulos como El último hombre, Mathilda y Valperga. Sin embargo, nunca gozó de plena autonomía ni reconocimiento económico durante su vida.
Una obra "propia de hombres"

EFE/ARMANDO ARORIZO
Su condición de mujer complicó la publicación de obras que abordaban temas considerados “propios” de hombres: ciencia, muerte y moralidad. Que Frankenstein se publicara anónimamente es, en este sentido, un símbolo de las barreras que enfrentaron las escritoras de su tiempo y, paradójicamente, del poder subversivo de su talento.
En términos literarios, la obra de Shelley anticipa preguntas existencialistas de hoy en día como ¿qué significa ser humano? ¿Qué derechos y obligaciones tenemos hacia nuestras creaciones? Ese monstruo, que en el relato inicial es bondadoso y aprende por observación, se convierte en el espejo de responsabilidad ética de su creador. Y parece decirbis: "un creador que no asume las consecuencias de sus actos, tarde o temprano, se enfrenta al fracaso".
Mary Shelley nunca vivió para ver la extensión completa de la influencia de su criatura. Las adaptaciones teatrales y, más tarde, cinematográficas deformaron en gran medida -centrándose solo en lo grotesco del personaje- el mensaje moral y filosófico de Frankenstein, convirtiéndolo en icono del horror, ocultando su compleja humanidad.
Pero el gran legado persiste en la ciencia ficción, en el cine, en la literatura, en la reflexión sobre la ética científica o en los actuales debates sobre inteligencia artificial.
A 175 años de la muerte de Mary Shelley logró algo que pocos escritores consiguen: crear un mito que no envejece y que continúa planteando preguntas fundamentales sobre la condición humana y nos recuerdan que la creación, en todas sus formas, requiere responsabilidad y conciencia ética.
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