Ocotlán, Jalisco. 

Por sexagésima segunda ocasión, una peregrinación proveniente de la Ciudad de México arribó el primero de octubre a Ocotlán, con la intención de rendir culto al Señor de la Misericordia, costumbre que comenzó con un grupo de zapateros que por la falta de trabajo decidieron migrar a la capital del país; pero su fe los hacía regresar cada año durante las celebraciones del prodigio.

Uno de los organizadores, Antonio Reyes Gutiérrez, habló sobre los motivos de realizar este viaje cada año:

“El motivo principal es venir a ver al Señor de la Misericordia, algunas personas de las que han venido, nos han comentado sobre milagros que les ha hecho el Señor de la Misericordia, porque luego vienen algunos enfermos de las piernas o cualquier otra cosa del cuerpo y ya cuando regresamos a México me han comentado que, si no se sanaron completamente, sí mejoraron en su enfermedad”.

En este año viajaron alrededor de 350 personas, provenientes sobre todo de la delegación de Iztapalapa, las cuales ya no tienen orígenes ocotlenses, pero se han sentido atraídos por la historia del Prodigio ocotlense, además, aprovechan la oportunidad para conocer las fiestas y los atractivos de la región.

Jorge Reyes Ochoa, es hijo de quien iniciara la peregrinación hace más de 60 años, y habló acerca de los orígenes de la misma, y como ha cambiado desde esa época hasta ahora:

“Lo que pasó es que hace muchos años, mucha gente que vivía en Ocotlán se fue a trabajar a México, la mayoría eran zapateros, allá se organizaron e hicieron la manda de cada año hacer la peregrinación. Venían dos vagones de tren llenos, porque era por tren el transporte”.

Aunque actualmente hay ocotlenses radicados en la capital del país que regresan en esta peregrinación, la mayoría ya no lo son, de cualquier modo, los organizadores aseguraron que estos visitantes ayudan a dar a conocer más sobre el Señor de la Misericordia y Ocotlán, y que la única razón por la que no vienen más personas, es porque la infraestructura hotelera, no da abasto para más.

Por Juan Carlos Salcido Hernández.