Ocotlán, Jalisco

Uno de los aspectos más emblemáticos de la crisis económica derivada de la crisis sanitaria es el impacto directo en el consumo: ante la pérdida de empleos, de ingresos y la paralización de numerosas actividades en el contexto de una economía en contracción, el consumo experimenta una caída sin precedentes, así como una transformación que obliga a todos los actores del mercado a reajustarse y reinventarse con extrema rapidez. Como muestra, sólo en el mes de mayo la caída del consumo privado en México fue la más grande en el último cuarto de siglo, lo cual habla del duro golpe al bolsillo de millones de personas y de la enorme incertidumbre que envuelve al consumo, a las inversiones y al futuro económico.

La pandemia no sólo nos demostró la fragilidad de los sistemas de salud y las profundas desigualdades de poblaciones sumidas en la pobreza y la exclusión, sino que trajo a cuenta la vanalidad de muchos de los gastos que inflaban el consumismo: encerrados, en cuarentena, cuidando el dinero en tiempos de crisis, muchos de los artículos que el sociólogo Zygmunt Bauman etiquetaba como de “estética de consumo” pasaron a segundo plano. Los lujos, la ropa de moda, los viajes, autos del año, la tecnología y muchos otros rubros tuvieron que frenarse o paralizarse, por la pandemia, por la economía y por el cuidado de recursos. Para millones de personas, el consumo siempre fue una cuestión de sobrevivencia. La pandemia ayudó a recrear esa austeridad en las vivencias de los que gastaban por la inercia del consumismo.

Con una economía que a nivel mundial está semiparalizada, con pronósticos de recesión para el siguiente año y con una reactivación a medias, anclada en los pies de barro de la incertidumbre frente a la crisis sanitaria, invocar al dios del consumo para que agite la reactivación parece más una blasfemia que una solución real. Lo vimos en la economía de China, en donde hubo el primer brote de Covid-19 y en donde se dieron los primeros pasos para intentar volver a la normalidad: las actividades productivas se reiniciaron pero la demanda no acompañó en la medida esperada. Ergo, el consumo está deprimido y cauteloso, por lo que tardará más tiempo en confiar su capital a las ofertas del mercado.

La nueva normalidad representa una reconversión abrupta de una buena parte de las tendencia de consumo, así como un llamado a replantear el funcionamiento de las economías sobre la base de un consumismo exacerbado. El mercado de la salud, los productos para que la gente se sienta bien, las medidas preventivas, las tecnologías para el trabajo virtual, la educación virtual y la vida virtual, entre otros, se están convirtiendo en las nuevas estrellas de las vitrinas. Y esto genera un riesgo enorme porque puede ampliar la desigualdad entre ricos y pobres al convertir servicios esenciales en productos de venta que excluyen al que no puede pagar.

Tanto la reactivación económica como el consumo deben pensarse desde lo social. El reto es revertir la desigualdad y apoyar desde abajo en lugar de sólo volver a lo de antes.

Por Héctor Farina Ojeda