Ocotlán, Jalisco

Podemos crecer juntos. La acción de convivir con otros distingue al ser humano. La convivencia social es sumamente valiosa para construir diariamente. Es que el rasgo social fortalece la vida de las personas. Vivir junto a los demás es inexorable. Convivir exige un compromiso mutuo. Somos un todo y cada cual puede aportar su esencia para brillar en conjunto.

Al convivir la naturaleza del ser acrecienta su grandeza. Los otros son importantes en el desarrollo de cada uno. Hay numerosas formas de crear armonía y bienestar entre las personas. Cada relación tiene su manera, su forma de llevar adelante el convivir. Para quienes influyen de manera positiva es relevante generar excelentes relaciones en los diferentes ámbitos en donde conviven. 

Convivir para crecer. Si todos queremos vivir bien es posible un acuerdo para lograrlo. Hay que querer vivenciar con otros la alegría del hacer que ayuda a mejorar como sociedad. Si convivimos en la misma tierra podemos hacer de ella un lugar extraordinario para todos los que la habitan. Cada uno de nosotros está en condiciones de respirar profundamente y preguntarse qué es lo que hace a la hora de convivir con los demás. Cada cual se transforma en un actor social preponderante para la convivencia colectiva. La respuesta de uno es el testimonio de su relación con los otros. La sociedad es hoy lo que son quienes la constituyen. Todos respondemos, todos somos parte del tejido que nos cubre. 

La convivencia nos hace libres. En la acción del trabajo encontramos una forma de dignificar la vida. En la acción junto al otro nos dignificamos a la par. La voluntariosa convivencia encuentra un sostén de argumentos para recorrer en libertad. Si queremos avanzar lo podemos hacer juntos. Está en la capacidad de dimensionar lo que representa ser libres para comprender que no hay impedimento alguno que obstaculice el desarrollo de una sociedad. Son sus habitantes los que ejerciendo su voluntad cubierta de anhelos ejemplares pueden crear condiciones favorables para convivir.

Por Marcelo Pedroza