El cineasta británico Peter Greenaway tiene, a los 73 años de edad, una multitud de proyectos tras su barroco filme sobre Eisenstein y la estadía en México del realizador ruso, “padre supremo del cine”.

1931. Serguei Eisenstein, que ya realizó “El acorazado Potemkin” y “Octubre”, viaja a Guanajuato, en el centro de México, para rodar su película “¡Que viva México!”.

“Eisenstein en Guanajuato”, presentado en competencia en el festival de Berlín, relata aquella estadía que quedó en los anales del séptimo arte. Muestra cómo el contacto con la cultura mexicana cambiará para siempre al padre del montaje cinematográfico.

Presentado a la vez como el excéntrico y vulnerable Eisenstein, interpretado por el actor finlandés Elmer Bäck, descubrirá no solo México sino además el sexo y su propio cuerpo junto a su guía mexicano (Luis Alberti).

“Este filme era una forma de relatar lo que le sucedió en aquella bella ciudad (…). También nació de mi intensa y larga fascinación por quien considero el mayor realizador de todos los tiempos”, explicó Greenaway en una entrevista con la AFP en París.

Peter Greenaway descubrió a Eisenstein en un cine del East End de Londres cuando era estudiante. “Nunca vi nada parecido” en materia de “ritmo, planos y violencia”, cuenta el cineasta, impecablemente vestido con un traje a rayas. “Luego leí todos sus textos traducidos, junté hasta la más mínima información”, y “comencé a descubrir México”.

“Lo que Eisenstein vivió allá mezcla Eros y Tánatos, el principio y el fin”, dice el realizador de “El contrato del pintor” y “El libro de Próspero”, según el cual “toda la película habla de sexo y de muerte”.

Nuevo lenguaje 

Poblado de imágenes de esqueletos o de cráneos y representaciones artísticas –esculturas, arte religioso, arquitectura–, este filme exuberante de estética recargada es además un ejercicio de virtuosismo.

Recurre a las potencialidades técnicas del cine, desde la exploración de los colores y la luz al “split screen” (pantalla dividida), amplios movimientos en remolino de la cámara y un ágil montaje, recurriendo además a imágenes de archivo. Hace además un lugar especial a la música de Serguei Prokofiev, contemporáneo de Eisenstein.

Peter Greenaway no piensa detenerse allí. Quiere hacer otras dos películas sobre el cineasta ruso, “una trilogía que se llamará ‘Eisenstein en el extranjero'”. 

La primera relatará la aventura suiza del realizador para participar en el primer congreso de cineastas independientes en La Sarraz a fines de los años 20, y la segunda su experiencia en Hollywood, ambas anteriores a la estadía en México.

Cineasta esteta, artista plástico y videasta, que se propuso con sus películas “hacer cuadros con una banda de sonido”, Greenaway trabaja además en un largometraje sobre un episodio de la vida del escultor rumano Constantin Brancusi.

Entre sus otros proyectos hay un largometraje sobre el pintor El Bosco, una versión de “Muerte en Venecia” de Thomas Mann relatando la historia de uno de sus personajes, Tadzio, 40 años después.

“Tengo una serie de filmes por delante”, resume con laconismo Peter Greenaway, aunque afirma que “el cine ha muerto” y que “la hora de una revolución” ha llegado.

“La idea del cine como actividad social está desapareciendo, en todo caso en Occidente”, estima. “Tenemos un cine basado en el texto, que es muy aburrido”.

Según él, hay que abandonar toda idea del filme narrativo de dos horas para la gran pantalla y “trabajar en una nueva forma de lenguaje”, con una nueva trinidad: “el celular, la computadora y la cámara”.

“Lo que quiero hacer es cine del presente, multipantalla y no narrativo”, agrega.

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