Ocotlán, Jalisco

Uno de los sectores más sensibles a los golpes de la pandemia es el de la educación. No sólo por los conflictos derivados de la virtualización acelerada de las clases sino porque en medio de una crisis sanitaria y una crisis económica, la educación es un factor determinante para la resistencia y para la resiliencia. Muchos de los problemas que hoy vemos agudizados en América Latina por la pandemia de Covid-19 devienen de la epidemia silenciosa de la mala calidad educativa y de la insuficiencia de los sistemas educativos para llegar a todos los rincones en donde se requiere aprendizaje. No es casual que tengamos problemas educativos y que a la vez vivamos en la región más desigual del mundo, con niveles de pobreza escandalosos y con una precariedad que atraviesa a la economía, la salud y la cotidianidad.

Mientras las alertas siguen encendidas a nivel mundial frente a la crisis de salud y a la consecuente crisis de la economía, en América Latina debemos sumarle las luces de advertencia sobre los riesgos que enfrenta la educación: una deserción elevada de estudiantes, ciclos educativos perdidos, retrocesos e incluso una profundización de la desigualdad. Antes de la pandemia, ya estábamos inmersos en sociedades desiguales, con brechas de ingresos, de género, de acceso desde comunidades pequeñas y otras muchas inequidades. La brecha digital que ahora emerge como una gran preocupación sólo forma parte del conjunto de desigualdades que ya habían limitado la educación a millones de personas.

Con la crisis económica ya se perdieron millones de empleos, se redujeron ingresos y se cerraron negocios. Y esto deriva en un incremento de la pobreza y, por ende, de la desigualdad. Por ello, uno de los efectos más preocupantes es la deserción escolar: en el caso de México, los datos apuntan a que cerca de 3 millones de estudiantes salieron del sistema educativo desde el inicio de la pandemia, esto sobre un total de 36 millones de estudiantes. Y aunque las mediciones son momentáneas y pueden corresponder a una pausa en los estudios y no a un abandono definitivo, lo cierto es que en el contexto de una pandemia no superada y de una caída de la economía sin precedentes, los pronósticos no son los mejores.

La educación es un punto demasiado sensible, demasiado estratégico y vital para el funcionamiento de las sociedades. No sólo corremos el riesgo de que con la pandemia, la pérdida de empleos y la digitalización de numerosas actividades económicas y educativas se profundice la desigualdad sino que se puede afectar el motor fundamental para emerger de cualquier crisis. La educación es demasiado importante para el presente y para el futuro. Precisamente cuando el mundo corre en forma acelerada hacia la economía del conocimiento, cuando digitaliza muchos de sus procesos y cuando la investigación se convierte en vital para enfrentar pandemias y otros males, es cuando la educación debe enfrentar la crisis y convertirse en la llave maestra. Mucho ojo con la educación: ahí se refleja nuestro futuro.

Por Héctor Farina Ojeda