Ocotlán, Jalisco

Antes de la pandemia, el rezago ya era marca registrada. Latinoamérica se acostumbró a ser furgón de cola, a convivir con el atraso y la pobreza, al mismo tiempo que la desigualdad se ensanchaba. Con la pandemia todo se profundizó y se llegó a un shock tremendo: sistemas de salud frágiles, arraigada precariedad, mala calidad de la gestión y, sobre todo, un escenario marcado por la inequidad que condiciona cualquier estrategia de combate a cualquier flagelo. Hasta las noticias sobre el enriquecimiento de los multimillonarios en tiempos de pandemia y de empobrecimiento de millones de personas ya suenan reiterativas, como publicación de antaño.

La pandemia no sólo nos ha empobrecido más desde el punto de vista económico, sino que ha hecho de la precariedad un lugar común, más común de lo que ya era, haciendo que seamos más vulnerables ante los golpes y más lentos a la hora de recuperarnos. Y en este contexto de desigualdades y atrasos, de golpes y asimilaciones, hay dos factores fundamentales que simbolizan el anclaje al pasado: la educación, por un lado, y la ciencia y la tecnología, por otro. No sólo nos rezagamos en los alcances educativos sino en la calidad: desde las inversiones insuficientes hasta las mal hechas, desde destinar cifras precarias para mantener sistemas educativos igual de precarios hasta perder recursos en los recovecos perversos de la corrupción.

Y como una ironía dolorosa, la necesidad del conocimiento, de la ciencia y la tecnología se hizo más evidente cuando la pandemia exhibía nuestras carencias: América Latina es una de las regiones más golpeadas por la pandemia, por los contagios y muertes, por la precariedad y la insuficiencia. Pero al mismo tiempo es el subcontinente más desigual del mundo y enarbola cifras escuálidas de inversión en ciencia y tecnología: en promedio, los países latinoamericanos destinaron 0.63 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en 2020, según datos de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI).

Nuestros países están muy detrás de países como Corea del Sur e Israel que destinan casi el 5 por ciento del PIB a la ciencia y la tecnología. Si tomamos la referencia de México, su punto de mayor inversión en los últimos años fue 2015, cuando se destinó el 0.55 por ciento del PIB. Luego el porcentaje fue bajando. Con estas cifras, sin entrar a ver la calidad de la utilización de los recursos, los objetivos y planificaciones, el rezago no sólo es evidente sino lógico. Por eso Latinoamérica siempre llega tarde a las revoluciones tecnológicas, a las invenciones y la innovación. Por eso hoy los países más desarrollados aceleran sus campañas de vacunación mientras el resto espera en medio de la crisis.

Tanto la educación como la ciencia y la tecnología merecen convertirse en prioridades verdaderas, en inversiones importantes y planificadas. La crisis sanitaria y la económica son un grito fuerte a impulsar la ciencia y el conocimiento como una salida, como prevención y como visión de futuro. Si seguimos rezagados en estos campos, no podemos esperar más que atraso.

Por Héctor Farina Ojeda