Ocotlán, Jalisco

Los buenos pronósticos para la economía de Estados Unidos son también buenos para México: el impulso del vecino tiene un efecto directo en las exportaciones mexicanas que, en alrededor del 80 por ciento, tienen como destino el mercado estadounidense. De la idea de que uno estornuda y el otro se engripa, pasamos a la idea de la locomotora y el furgón, el que impulsa con motores propios y el que recibe el impulso y se mueve en la misma dirección. Como dato revelador, la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) estima un crecimiento de 6.5 por ciento para la economía estadounidense, luego de la caída de 3.5 por ciento que se tuvo el año pasado debido a la pandemia.

La recuperación económica del vecino del norte se está dando en forma acelerada debido, fundamentalmente, a los fuertes incentivos fiscales del gobierno de Joe Biden y a los avances en el proceso de vacunación, lo que da confianza en la recuperación de las actividades cotidianas. En México, el efecto ya se nota en los pronósticos: recientemente el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) subió a 4 por ciento la expectativa de crecimiento para este año, luego de que en febrero había calculado que el repunte sería de 3.8 por ciento. Este dato es una referencia clara de que se espera que la mejoría traspase la frontera y se note en la economía en su conjunto.

Sin embargo, una de las cosas que sabemos con certeza de la dependencia de la economía estadounidense es que los beneficios son transitorios y su distribución altamente desigual. De los grandes indicadores, de los buenos números en las exportaciones y en el crecimiento en general, es muy complicado que se llegue a los sectores más necesitados que, en el contexto de la pandemia, son los que perdieron sus ingresos, sus empleos, y se empobrecieron todavía más. Basta con recordar que en tiempos de bonanza no disminuyó la pobreza, pero en tiempos de crisis se incrementó. Es decir, la riqueza no tiene una distribución hacia abajo pero las crisis impactan directamente.

Lo preocupante de las recuperaciones que se deben a la dependencia está en la fragilidad de los motores internos y en la consecuente incapacidad de control de los cambios. Al depender de lo que viene de fuera, de las bonanzas transitorias, las mejorías locales también son transitorias y en sectores específicos. Por ejemplo, los grandes exportadores recuperarán ingresos en forma rápida pero ello no garantiza que los beneficios se conviertan en mejores salarios, en mejores empleos ni que alcancen a los más necesitados.

Más allá de mejorías transitorias, hay que mirar los motores del desarrollo que ahora están en crisis: la educación que enfrenta una deserción de 1.4 millones de estudiantes debido a la pandemia; la ciencia y la tecnología que soportan la insuficiente inversión y el escaso presupuesto, así como las pequeñas empresas que requieren apoyos para sobrevivir y emerger. La pandemia aceleró la transformación de la economía hacia el conocimiento y lo digital. Hacía ahí debe pensarse la mejoría sustentable para la gente.

Por Héctor Farina Ojeda