Agustín Rivera, polemista liberal y católico




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Por Luz Atilano

Entre los intelectuales laguenses, Agustín Rivera y Sanromán ha sido considerado un caso singular. Entre sus facetas como sacerdote, historiador, polígrafo y escritor, es definido por el doctor David Carbajal López, profesor e investigador del Centro Universitario de los Lagos, como alguien que trató de difundir sus ideas sobre temas particularmente polémicos, pues como otros especialistas afirman, había en Rivera una  genuina pasión por la polémica.

Escritor público e intelectual

Aunque en términos contemporáneos no se le puede nombrar académico o universitario, el laguense nacido el 29 de febrero de 1824, fue maestro en el Seminario de Guadalajara y en el Liceo del Padre Guerra. Su estudio profesional fue en Derecho y se ordenó como sacerdote, vocación que continuó incluso en los primeros años del siglo XX, poco antes de su muerte, subiendo a los púlpitos de iglesias laguenses y con la que dejó a la posteridad textos del ámbito eclesiástico como fueron sus sermones.

Pero ante todo, como comparte Carbajal López, es destacable su figura de intelectual y de escritor público que participó en debates y en la prensa a nivel nacional viviendo, además, de su obra.

«Una de las cosas que habría que valorar de don Agustín Rivera es que se trata de la figura de un intelectual en una época en la que ésta empieza a establecerse, en México y en todas partes. […] (Aunque) en realidad sí mantuvo su posición de capellán de monjas hasta los años de 1880, sí hizo de alguna manera realidad esa divisa que colgó en la puerta de su casa, entre su casa y la iglesia del convento de Capuchinas, “Usurare in tálamo”: usuras, con la pluma… vivir de la pluma. Y eso pues la verdad le garantizó una vida no necesariamente holgada, cabe decir… -sino antes bien, habrá de fallecer más bien sumido en la pobreza-; pero no es un asunto menor, es alguien que directamente no vivió ni del Estado ni de la Iglesia en su momento de mayor producción, y por el contrario vivió de vender sus textos. Lo que más tenemos de Rivera son los anuncios en los periódicos en los que promueve la venta de sus propias obras, y de eso trata mucha de su correspondencia según lo ha mostrado una tesis de licenciatura relativamente reciente».

Hombre de iglesia, hombre de letras, polemista

En el contexto de finales del siglo XIX, y al gozar de autonomía para escribir, fue participante y generador de debates. Dominando temas de lenguaje, teología, política y de las artes, fue además un polemista que discutió con el catolicismo ultramontano; llegando incluso a definirse a sí mismo como polemista liberal y católico que contesta a dicha doctrina.

Y es que, hay que decir, aunque poco honor se le rinda en la actualidad más allá de dar nombre a una calle y a un pequeño jardín del centro histórico, la voz de Agustín Rivera fue una voz de gran eco no sólo en su lugar de origen, sino en el resto del país. Lo que también le ha merecido el asiduo interés de investigadores e historiadores de diversas universidades.

«Los debates en los que participó efectivamente tuvieron eco, y él mismo pudo llegar a ser generador de debates. Yo recuerdo de manera particular un debate muy particular que tuvo lugar entre 1890 y 1891: Rivera normalmente era invitado a ser orador en las fiestas de Pedro Moreno, del cual fue además uno de los que retrató su memoria. Pues bien… en 1890, él no puede participar, así que es el Ayuntamiento el que va a su casa a recibir la arenga de don Agustín, que tiene que ser dicha desde su cama en virtud de salud. Las palabras que pronunció desde su cama tuvieron eco en los periódicos de Guadalajara, la Ciudad de México y Puebla. Es decir, era un hombre de una palabra que podía generar debates y que en efecto era escuchada, era reproducida en primer lugar por periódicos de diversas latitudes… he dicho Guadalajara, la Ciudad de México y Puebla, pero nos consta también que Zacatecas. Es un intelectual de un cierto alcance más allá de lo local».

En cuanto a su obra, es complicado conocer con precisión cuánto escribió y publicó. No obstante, de él se conocen al menos ciento ochenta títulos, entre los que destacan Disertación sobre la posesión, Principios Críticos sobre el Virreinato de la Nueva España y sobre la Revolución de Independencia, Anales de la vida del Padre de la Patria Miguel Hidalgo y Costilla, Anales mexicanos, La Reforma y el Segundo Imperio, y Elementos de gramática castellana, Mi estilo.

Conciliador de modernidad y tradición

Pero fue en sus discursos civiles y en sus sermones, particular interés del doctor David Carbajal, en los que mayormente se hizo ver el mensaje fundamental de Rivera y Sanromán. Su oratoria fuera laica o religiosa, trasmitía mensajes acordes a la religión católica: era un orador católico, pero con la singularidad de integrar la modernidad política a un discurso basado en la providencia.

«Yo diría que hay un mensaje fundamental, que es la conciliación de la modernidad y la tradición, de la razón y de la fe, a partir de una perspectiva teológica en la cual el papel de la  providencia se reduce un poco en beneficio de dejar ciertos campos de actividad humana más o menos libres, en particular la política, y por el contrario otros campos de actividad humana están más sujetos a la obligación de servir a lo religioso, como pudieron ser las artes, que ahí sí él no las veía desconectadas de la moral… pero justo por ello, eso implicaba que pudiera hablar con cierta competencia, además gracias a esa afición por la lectura que le era muy característica, de prácticamente cualquier tema», explica el doctor, tomando como ejemplo Las concordancias entre la razón y la fe, breve artículo de Rivera, destinado a estudiantes de filosofía y escrito en 1876.

¿Con qué categoría podemos pensar a este prolífico escritor? es la pregunta que basa los estudios del doctor Carbajal López y que hasta ahora le permiten considerarlo más que como un liberal católico, como un teólogo del liberalismo; y aun más, como una voz bulliciosa, pues a pesar de que en la actualidad su discurso pudiera sonar bastante conservador, en su época fue el tipo de discurso que escandalizaba, por intentar introducir al liberalismo en la teología católica.

A más de cien años de la muerte de Rivera y San Román (ocurrida el 6 de julio de 1916), acercarse a su obra es: encontrarse con otras posibilidades para pensar la sociedad y la relación entre religión y política.