Por Luz Atilano
«Yo siempre he sido de la opinión de que el pueblo es el pueblo, yo nunca he sido conformista en cuanto a la gente negativa y a la gente corrupta. Desgraciadamente a nosotros los campesinos nos hace falta ser de otra manera y uno quisiera pero desgraciadamente no es posible… pero también si uno deja las cosas a la desidia, pues está peor».
Sentado en el patio de su casa, rodeado de plantas y del canto de sus aves, don José de Luna, un campesino originario de Los Azulitos con más de ocho décadas de vida, habla de algunos de los momentos más importantes de su existencia, de su vida en el campo y de todo lo que aún en estos años queda por hacer para el bien del sector campesino.
Entre risas pero con algo de nostalgia, cuenta cómo desde joven se inmiscuyó en algunos movimientos para la defensa de las tierras y del trabajo de su gente, siempre abogando por el campo, alzando la voz y por ahí en alguna ocasión al frente de la toma de las instalaciones del Banrural, en la cabecera municipal, a fin de lograr obtener maquinaria para su comunidad.
Don José de Luna
Vienen a su mente hasta aquellas invitaciones a contender por algún puesto en la administración pública que nunca aceptó y las diferencias que tuvo con algunos políticos laguenses por allá de los años setentas y ochentas, quienes llegaron incluso a desprestigiarlo en periódicos locales:
«Mire aquí a nosotros los campesinos todo mundo nos patalea, nos hace pa’ acá y nos hace pa’ allá y bueno… hacen lo que su madre. Y yo… me decía un señor allá en México “Mire don José, tú no te le abras a nadie”, y con la razón… “¡A nadie!” y pues bueno “así será” y esa es la verdad… y ya ve estos muchachos de Víctor Alba y este Ríos… me echaban, ¡cómo me echaban! Hijos del maíz… Planillas enteras de los periódicos, ¡completitas!: “que José de Luna es un agitador” y “que José de Luna es un bandido, y que José…”, dije “no… en lugar de que vinieran a una asamblea donde yo estuviera y me lo dijeran ahí en mi cara”, pero pues le ponen nomás ahí al papelito, pues no…».
Pese a muchas luchas, la actual situación del campo es lamentable y con tristeza don José de Luna lamenta que la Unión de ejidos de Lagos de Moreno no se active en la defensa de sus tierras, que poco a poco van poniéndose en venta o en renta como ocurre en sus Azulitos, donde muchos ejidatarios han optado por poner sus tierras a disposición de compañías extranjeras que van llegando. Decisiones, quizá en algunos por extrema necesidad, pero en otros por esa idea errónea del progreso y la industrialización, como si fuera tan fácil deshacerse de lo suyo.
«No…, señorita, está pa’ llorar, pa’ llorar, ¡pa’ llorar! Necesitamos un gobierno que quiera a México… sí, señor… Y nosotros también no ser tan tarugos, con perdón de usted. Ahorita ya hay esos… unos señores de unas compañías americanas o sepa Dios de dónde serán, les rentaron por treinta años las parcelas, que les van a dar ciento y feria por año y no… ya toda la gente anda ahí. Vienen estos señores y se les apilan como mosquitos. Le digo, si mi general Villa viviera, resucitara… y Zapata, se volvían a ir del coraje».
Dice don José, como seguramente muchas personas en nuestro país, “el campesino está decepcionado de la política, ya no halla ni para dónde hacerse” y en el cabildo no hay representantes suyos, que aboguen realmente por ellos, que piensen y trabajen por el campo laguense. No hay verdaderos apoyos y su campo, sus Azulitos como gran parte de la zona rural, se encuentran en el abandono y ya no es justo… ya es hora, es tiempo de hacer algo, de organizarse: no hay que perder la esperanza.
«Que hagamos algo… que esas gentes… toda la vida tenemos encima a esas gentes. Y se vienen los tres años y ahí están, se sientan y salen y vienen los otros y la misma. Vamos dando un cambiecito a eso, si no nos vamos a morir y a nuestros hijos los van a tener igual, toda la vida de burros ahí de ellos».
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