Ocotlán, Jalisco
En medio de la pandemia de Covid-19 que afecta a todo el mundo, una de las grandes preocupaciones es cómo se dará la transición desde el aislamiento social a la reactivación de la economía. Es decir, se trata de establecer la manera en que luego de superar la crisis sanitaria se retome el impulso para enfrentar la crisis económica. En diversos países se debate la manera de “volver a la normalidad” y comenzar a recuperar la actividad productiva, el comercio, el turismo, y, en general, las ocupaciones laborales de la gente. Se habla de reactivaciones paulatinas, por sectores, por rubros, y de diferentes apoyos para lograr impulso contra la caída de las economías.
En el caso de México se enfrenta la misma doble crisis sanitaria y económica, con matices propios: estamos en fase de contingencia y el aislamiento social continuará, por lo menos, hasta el 30 de mayo. Y en el plano económico se resienten los efectos del derrumbe del precio del petróleo, de la disminución casi total del turismo y, en general, de la paralización o disminución de numerosas actividades productivas y comerciales. Por un lado, la preocupación por la salud y la necesidad de extremar cuidados para proteger a la gente, y por otro lado la angustia sobre cómo enfrentar una recesión y una gigantesca pérdida de empleos.
El contexto es complicado y controvertido. Mientras desde el gobierno se anuncia un plan de austeridad y se proyectan microcréditos, desde el sector privado se reclama que no hay incentivos fiscales y que falta inyectar más recursos en la economía en lugar de la austeridad que los limita. De acuerdo a los datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), México ocupa el penúltimo lugar del G20 en cuanto a inversión en programas fiscales para mitigar los efectos de la pandemia. Sólo destina 0.7 por ciento del PIB, mientras que Reino Unido invierte 17.7 por ciento, y Perú 12 por ciento. El gobierno se muestra reacio a adquirir deuda y dar incentivos fiscales, en tanto los analistas consideran que esto es un error.
Los pronósticos a los que nos enfrentamos son críticos: para el mes de mayo se pueden perder 1.5 millones de empleos en México, en tanto para junio la cifra puede llegar a dos millones de empleos perdidos, según los cálculos de la Confederación Nacional de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco-Servytur). La contracción de la economía en 2020 será de 6.5 por ciento, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), en tanto Citibanamex estima que la caída será de 9 por ciento. Hay otros pronósticos incluso más duros, pero todos apuntan a la recesión y a la pérdida de más de un millón de empleos.
Ante este panorama, el impulso propuesto hasta ahora por el gobierno es absolutamente insuficiente. Y no sólo por su falta de incentivos fiscales, sino porque la apuesta por la reactivación se basa en los mismos proyectos que no arrancaron antes de la pandemia, cuando se tenían mejores condiciones.
El turismo, las exportaciones, los ingresos petroleros, las remesas… las principales fuentes de ingreso están en crisis y esto afecta directamente a toda la economía. Hace falta un plan mucho más poderoso para lograr un impulso que permita regresar del aislamiento con un panorama no tan sombrío.
Por Héctor Claudio Farina
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