pandemia
Fotografía: EFE/Sáshenka Gutiérrez/Archivo
Guadalajara, Jalisco.

Creíamos que sólo serían 40 días. Que estaríamos confinados unas cuantas semanas y todo volvería a la normalidad. Que todo era pasajero. Pero la pandemia se ha prolongado por un año.

Hoy, dos millones de contagios después, luego de que 200 mil personas han perdido la vida en México, el covid-19 se resiste a irse.

Durante unos meses tuvimos que confinarnos, aprender a estar la mayor parte del tiempo dentro de cuatro paredes, aprender tolerarnos en familia. Acostumbrados a estar afuera trabajando, saliendo temprano y regresando de noche.

Mas de 25 millones de alumnos y casi dos millones de profesores tuvieron que cambiar los pupitres por las pantalla. Y otra vez la desigualdad de las oportunidades quedó al desnudo.

Algunas familias, con suficiente banda ancha y computadoras potentes para estudiar y trabajar. Pero la gran mayoría de los hogares sin internet o sin computadora. En muchos de los casos con un solo celular para conectarse todos a sus actividades.

Y el bolsillo y los estómagos también se vieron afectados. En 2020, 1 millón 10 mil 857 negocios cerraron por el covid-19 según datos del INEGI.

La gran mayoría no podía quedarse encerrado tenía que salir a buscar el alimento. Buscar la forma de no contagiarse en el transporte público, en las calle, en las aglomeraciones.

Nos acostumbramos a esconder nuestras sonrisas detrás de un cubrebocas. A sentir las manos pegajosas por el gel antibacterial y a pisar tapetes secos en la entrada de los comercios.

En un país violento e inseguro, en el que llegar a casa ileso es una fortuna, el mexicano se acostumbró a sobrevivir con un riesgo más; el del contagio. Tener que salir a trabajar sin infectarse.

La pandemia sacó lo mejor y lo peor de la sociedad. Una vez más, hubo personas que se solidarizaron entregando despensas, creando plataformas para que los negocios comercializaran sus productos y creando redes de apoyo.

Pero también los egoístas a quienes no les importó salir a borracheras y fiestas para después propagar el virus. A quienes no les importó subir el precio de los tanques de oxígeno.

Y mientras todo ocurría, las abuelas extrañando a sus nietos, profundizando su soledad. Aproximadamente el 69 % de los muertos son mayores de 60 años.

En la primera línea, los médicos, las doctoras, las enfermeras, quienes combatieron y atendieron a los contagiados de covid-19, soportando ataques en las calles y la indolencia de algunos que no creían en el virus. Luchando como lo que son heroínas y héroes.

Hoy con la llegada del proceso de vacunación hay quienes ven la luz al final del túnel. Esta frase es un lugar común. Pero nunca los lugares comunes habían sido tan útiles para describir la situación.

Y lo obvio, pero también lo cierto, es que nuestras vidas, después del covid-19 no serán iguales, porque esta pandemia nos cambió.

Julio Ríos