Por Paúl Martínez Facio

José I. Correa fue un personaje que vivió en Lagos de Moreno a mediados del siglo XX. Como poeta aparece registrado en la Antología de poetas laguenses de José de Jesús Torres, y luego recuperado, más recientemente, por Dante Alejandro Velázquez. Sin embargo, explica el propio Dante, José I. Correa es parte de un grupo de escritores que no necesariamente dedicaban su vida a la literatura:

«Casi todos estos personajes que fueron compilados por José de Jesús Torres, en su momento era gente que escribía muy esporádicamente la poesía, no es tanto lo que publicaron y por eso es tan difícil hablar de su literatura, darle un cuerpo crítico a lo que ellos escribieran, lo mismo sucede con José I. Correa al parecer tuvo una publicación literaria en Lagos, en esa primera mitad del siglo XX, que se llamó La Cotorra y de la que poca gente ha hecho referencia, pero de la que no se conoce ningún número, pero no hemos encontrado ningún tomo de La Cotorra, y pues sería, digamos, si apareciera, después de la generación de 1903 la primera revista literaria en Lagos».

Personaje, como muchos de su tiempo, que retomó la actividad literaria de manera intermitente, pero que estuvo ligado al ramo por otros medios, explica Dante Alejandro:

«También publicó un periódico católico, El Restaurador, para la historia del periodismo en Lagos, hay infinidad de periodistas que sumaban a su actividad como tal, otras, de escritores, de poetas, funcionarios públicos, sucedió lo mismo con Bernardo Reyna, Cipriano Covarrubias que no era de Lagos, pero que fundó la Bohemia Jalisciense, era periodista, era funcionario público, Correa al parecer entra dentro de este rango, de gente que no se dedica necesariamente a la literatura, pero que tiene sus momentos».

José I. Correa comparte algunas características de estilo y así como algunos temas recurrentes con otros escritores, entre ellos José Villalobos Ortiz, perteneció a la generación de mitad de siglo que resintió la tendencia urbana aclimatarse a la pequeña villa, en la que paradójicamente, ni una ni la otra estaban cómodas:

«Ya mi pueblo no es el mismo que cantara

Aquel bardo silencioso.

Hay palomas todavía en los cubos de las torres

de esta iglesia secular: de la Parroquia.

Y es de verse que ya nada les inmuta;

ni el repique general de las campanas,

ni ese rudo y estridente

golpeteo de los motores…»

Dante Alejandro Velázquez, ofrece otra lectura al trabajo de Correa:

«Los versos, la poesía que hace es más modesta, es un esfuerzo por recuperar algunas ideas de Francisco González León pero no con esa calidad literaria que tenía el Boticario, también sus poemas, al igual que los de Villalobos Ortiz, nos pone en el escenario a ese Lagos de un periodo de letargo, de recesión, y él habla siempre de la soledad, de los campanarios abandonados y de las casas solitarias y del viejo pasado que se les había escapado de las manos con todo su esplendor».

Correa pertenece a un grupo de escritores laguenses que retrataron desde su ejercicio poético, la desventura de haber conocido un tiempo de mayores glorias para la ciudad, y del que sólo, a través de los objetos, los edificios, y los recuerdos se dio noticia.

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