Este mi√©rcoles en #TemporadaDeLibrosūüďötenemos como invitado a Carlos Fonseca.

“Nunca antes ha estado en el desierto, pero a menudo los ha imaginado.
Por eso cada vez que mira la postal que ahora tiene entre manos, su primer instinto es ver all√≠ un retrato de la llanura √°rida. Poco importa que la fotograf√≠a est√© en blanco y negro. √Čl imagina las tonalidades de la arena, la atm√≥sfera de tedio, la sensaci√≥n de vac√≠o. En la imagen no parece haber nadie, apenas una decena de l√≠neas rigurosamente dispuestas que de pronto √©l convierte en las calles solitarias de un antiguo pueblo minero. Ve los mont√≠culos blancos que aparecen sobre los bordes de la postal y se dice que son nubes. Pero entonces empieza a dudar.
En una segunda mirada las manchas blancas pierden su ligereza y comienzan a parecer colinas de sal. Sin m√°s, la llanura se convierte en un enorme salar. Las l√≠neas trazadas sobre la planicie se√Īalan los caminos por los cuales sol√≠an transitar los vagones llenos de salitre de esa f√°brica deshabitada que le recuerda, en un √ļltimo vuelo de fantas√≠a, a la rugosa superficie lunar, con sus cr√°teres y sus valles, con sus geometr√≠as arcaicas. Solo en ese momento, cuando la imaginaci√≥n llega al l√≠mite, se dice lo que sabe: que se trata de la fotograf√≠a de un simple vidrio sucio y que all√≠ donde reci√©n crey√≥ encontrar la superficie del desierto, del salar o de la Luna no hay m√°s que polvo…” Austral, fragmento.

“…Iluminada, la casa se volv√≠a m√°s humana, dotando el espacio de una textura antes inadvertida. La luz entraba transversalmente por el costado occidental, proyect√°ndose sobre la pared de la cual colgaban un par de grandes fotograf√≠as en blanco y negro: un retrato del volc√°n Momotombo daba paso al rostro combativo pero tierno de un joven sandinista a principios de los a√Īos ochenta. Faltaban las fotograf√≠as personales, pero bastaba observar el resto para sentir las huellas de una idiosincrasia: un par de rocas rojizas se exhib√≠an enmarcadas junto a un viejo reloj de pie, mientras m√°s abajo, en una esquina junto a la comida del perro, una decena de libros de historia natural se amontonaban en un desorden pacientemente urdido. M√°s all√° de un arreglo de margaritas blancas, nada suger√≠a que all√≠ hubiese ocurrido algo. Bajo las flores, ubicados entre varios terrarios, aparec√≠an los vinilos: una impresionante colecci√≥n de viejos elep√©s de bandas brit√°nicas adornaban las estanter√≠as que cubr√≠an el resto de la pared hasta toparse con el tocadiscos ubicado junto el ventanal. La mirada pod√≠a entonces relajarse y observar el exterior….”
“Austral”, fragmento.

‚ÄúLa primera vez que vio la postal record√≥ un reportaje que hab√≠a visto hac√≠a unos meses. Un documental sobre el turismo contempor√°neo al que hab√≠a llegado por error, pero entre cuyas √ļltimas im√°genes qued√≥ cautivado. En esa secuencia final, mientras una voz en off narraba su historia, un dron retrataba desde el cielo el paisaje que traza sobre la planicie dorada el cementerio de trenes de Uyuni. La c√°mara atravesaba lentamente la llanura hasta que se ve√≠an emerger las ruinas de lo que una vez fue la primera l√≠nea del ferrocarril boliviano. Cuatro mil esqueletos de locomotoras abandonadas que remiten a un pasado glorioso, pero que hoy se acumulan oxidadas sobre el altiplano como chatarra prisionera del viento seco. M√°s de tres kil√≥metros de hileras de vagones fantasmales, sobre los cuales aparecen escritas a modo de grafiti las sentencias que el narrador del documental se encargaba de pronunciar con una voz pausada no desprovista de iron√≠a: ¬ęAs√≠ es la vida.¬Ľ ¬ęAqu√≠ yace el progreso.¬Ľ‚Ķ‚ÄĚ
Austral, fragmento.

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TemporadadeLibros20230315.mp3

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