Ocotlán, Jalisco.

A Edwin lo que más le gusta de Ocotlán es que puede pedir dinero, cuestión que hace todos los días en un tope, entre conductores que llevan prisa y que no se detienen a preguntar qué hace un niño de seis años con la mano extendida durante horas.

Si lo hicieran tal vez se darían cuenta que Edwin descubrió la cura para el cansancio, descansar, y que lo que más le gusta hacer cuando descansa es comer tacos de barbacoa.

Si tienes tiempo, detente, vamos a platicar con Edwin. 

Le preguntas qué quiere ser de grande, te mira con emoción, como si para él no existiera un momento más que el de ahora; no sabe la respuesta, le sugieres que podría ser futbolista, astronauta, presidente… Pero ninguna propuesta le atrae, él quiere ser soldado, pero de los buenos. También quiere regresar a su casa en Guatemala, de donde salió hace tres meses.

Osmar tiene 36 años, es el papá de Edwin, tomó la decisión de salir de Guatemala para buscar una mejor oportunidad en México, le prometieron una visa humanitaria que le costó dos mil pesos por persona, en total pagó 10 mil, ya que con él viajan sus tres hijos y su esposa.

Aunque a Osmar y a Edwin le prometieron una visa humanitaria, lo que le dieron fue despojarlo de su identidad y sus pertenencias, cuando después de abordar la bestia, arribó a Orizaba, Veracruz:

“En Orizaba, Veracruz, ahí nos bajaron y nos quitaron todo lo que traíamos, todo esto es regalado. Los mentados maras todo nos quitaron, identificaciones, documentos”.

Osmar te dice que a pesar de todo, en su curso por Jalisco no ha sido discriminado ni violentado. Dice que esto quizá se debe al buen corazón de los ciudadanos, o a que ya no hay nada que le puedan quitar.

Te explica que ha escuchado hablar de un refugio que sí es bueno en la Ciudad Grande de Jalisco, que es como Osmar conoce a Guadalajara, su esperanza es llegar allá, y de ahí retroceder a su país.

Osmar te mira y dice que no puede entregarse a migración porque le quitarían a sus hijos, que es lo único que México no le ha quitado. Por eso quiere regresar a Guatemala, donde por lo menos tenía una identidad y una tierra qué trabajar para dar de comer a sus hijos. 

Comienza a sonar un tren que atravesará la Ciudad del Prodigio, Edwin de seis años reconoce ese sonido de inmediato, como si fueran las campanas de la iglesia que llaman a reunirse, como si fuera la campana del recreo, donde podrá descansar y si fue un buen día, comer tacos de barbacoa.

Edwin le dice a su papá que está escuchando el tren, Osmar parece no escuchar.

“Papá, el tren, padre, ya va a pasar el tren, el tren ya va a pasar, papá”.

Osmar se disculpa, se tiene qué ir, le pides una fotografía, acepta, se dirige hacia donde está un letrero vial que dice “ceda el paso”, abraza a su hijo, el tren vuelve a llamar, ambos miran en esa dirección.

Luis Felipe García López
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