Ocotlán, Jalisco

En la medida en que las economías latinoamericanas luchan por recuperarse en medio de las oleadas de la pandemia de Covid-19, una de las tendencias apunta hacia un incremento de la informalidad en el mercado laboral: se perdieron millones de puestos de trabajo en 2020 y los que se recuperaron en 2021 son mayormente informales, sin prestaciones, seguro ni estabilidad, así como con salarios inferiores. Países como México, Argentina, Costa Rica, Paraguay y Perú tuvieron un aumento de la informalidad el año pasado, a tal punto que 7 de cada 10 empleos creados son informales, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

No es una novedad que en nuestras economías la informalidad no sólo es la opción dominante en el mercado sino que es la que suele ofrecer oportunidades con mayor rapidez en tiempos de crisis. El comercio, los pequeños emprendimientos, los negocios familiares y un sinfín de servicios son una fuente de ingresos para millones de latinoamericanos que necesitan trabajar, aunque los puestos sean temporales, inestables, sin prestaciones y aunque no ganen lo suficiente. En América Latina hay más de 200 millones de personas en la pobreza y 86 millones en pobreza extrema. No es raro que la gente busque en la informalidad los ingresos que no encuentran en el mercado formal.

Pero además de la recuperación económica que será insuficiente este año y de la informalidad de los trabajos, la amenaza de la suba de precios es cada vez más acuciante. El costo de vida está aumentando en tiempos de reducción de ingresos, cuando los empleos son precarios e informales. Esto significa que en grandes números se habla de recuperación de las economías, pero en los números más pequeños, en los del hogar, el dinero no alcanza para atender las necesidades básicas porque todo cuesta más.

Por las condiciones de la pandemia, por la desigualdad y la precariedad estructurales, por la pobreza creciente y por la mala calidad de los empleos que se están generando, la recuperación de las economías latinoamericanas -incluyendo la mexicana- se da en terreno inestable, siempre al riesgo de un resbalón que se transforme en caída. Nuestras economías se acostumbraron demasiado al riesgo, a depender sólo de un producto, una materia prima de exportación, un socio comercial o un monocultivo intensivo. Y ahora, con una pandemia y la urgencia de la recuperación, la precariedad pesa más y el impacto directo está los segmentos de mayor pobreza.

Una de las grandes fragilidades que tenemos los latinoamericanos está en el campo de la educación, en el acceso desigual al conocimiento, en la exclusión de millones de jóvenes y en la mala calidad educativa. Detrás de la desigualdad, de la pobreza y la precariedad, hay cuestiones educativas de fondo que hay que atender. El terreno inestable no es por la pandemia sino porque faltan bases sólidas en la educación, en la salud, en lo social. Las economías ya eran desiguales, precarias e informales. Ahora el reto pasa por transformar el terreno en algo mejor.

Por Héctor Farina Ojeda

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