Ocotlán, Jalisco

Cuando miramos América Latina, el paisaje que vemos es tan rico como contradictorio. Es el subcontinente de las oportunidades y la pobreza, de las riquezas naturales y la desigualdad, de las brechas inacabables que segmentan a la población, y de los privilegios y exclusiones que llevan a las personas a vivir mundos distintos aunque estén en el mismo lugar. A las brechas profundas de la desigualdad económica y social, las brechas en el acceso a la salud, la educación, el empleo o la vivienda, debemos sumarle la brecha digital o de conectividad que se volvió crucial cuando todo se digitalizó en el contexto de la pandemia de Covid-19.

En este sentido, un reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) afirma que la región requiere de una inversión aproximada de 68 mil millones de dólares para cerrar la brecha digital y acceder a la economía digital. El estudio sobre 26 países latinoamericanos estima que si se logra cerrar la brecha digital, se podrían generar más de 15 millones de puestos de trabajo, impulsar un crecimiento económico de alrededor del 7.7 por ciento y aumentar la productividad en 6.3 por ciento. El BID considera que así como los rezagos en la conectividad y la digitalización han agravado el impacto económico de la pandemia, también podrían convertirse en una oportunidad histórica al reducir la desigualdad.

Tanto el combate a la desigualdad, la disminución de las brechas y las potenciales ganancias si se realizan bien las tareas suenan muy tentadoras pero no dejan de ser una quimera que se ve lejana debido a problemas enraizados en América Latina: la corrupción que todo lo echa a perder, la mala calidad de la gestión de los gobiernos, la falta de visión a largo plazo y el insuficiente compromiso real que lleva a que las inversiones sean de fachada, que se pierdan en la negligencia o en los bolsillos perversos de la corrupción. También se tuvieron grandes oportunidades con la industrialización de las materias primas, con el combate al rezago educativo, con la inversión en ciencia y tecnología y con los buenos precios de los commodities. Pero no pasaron de eso, de grandes oportunidades.

Sin dudas que necesitamos esa inversión millonaria y esa disminución de la brecha digital, pero para aprovecharla también necesitamos de inversiones importantes en materia educativa, en combatir el rezago, en mejorar la calidad de lo que se enseña y lo que se aprende, así como en enfrentar las brechas que separan a una buena parte de la población de la educación básica, de la alimentación suficiente, del acceso a los sistemas de salud y de las posibilidades reales de poder ingresar, permanecer y aprender en el sistema educativo. Sólo en México hay 1.4 millones de jóvenes que abandonaron sus estudios durante la pandemia, lo cual es sólo una referencia del tamaño real del problema educativo latinoamericano. La brecha digital es urgente pero detrás hay otras que parecen eternas: en la educación, en la salud, en la alimentación, en el acceso al mundo en el que se vive mejor. Hay que enfrentarlas a todas.

Por Héctor Farina Ojeda