Ocotlán, Jalisco

Como hemos venido hablando, la crisis económica derivada de la pandemia de Covid-19 no sólo tiene una afectación global en cuanto a crecimiento y generación de empleos sino que ya está generando un incremento de la pobreza y puede derivar en una profundización de las desigualdades sociales que ya son prácticamente insostenibles en América Latina. Ingresos desiguales, accesos dispares a la educación y la salud, una concentración exacerbada de la riqueza en pocas manos y una extendida precariedad en la mayoría de la población son sólo algunos de los elementos que configuran a la región más desigual del planeta. Y con la pandemia esto puede empeorar, haciendo que los sectores pobres se empobrezcan más y queden alejados de la posibilidad real de vivir con un mínimo de bienestar.

Estamos ante una crisis sin precedentes y ante riesgos cada vez mayores de empeorar las condiciones de vida de millones de personas. En este sentido, hace algunos días el economista francés Thomas Piketty advirtió que las políticas monetarias actuales favorecen la desigualdad, ya que los países están incrementando sus deudas y buscan incentivar las inversiones mediante créditos, pero estos recursos terminan favoreciendo a los sectores más pudientes, los que pueden acceder a estos créditos. En otras palabras, mucho del dinero que se está colocando en el mercado es accesible sólo para los sectores que ya tienen mucho dinero, en tanto los sectores empobrecidos no pueden sacar provecho de la situación.

La advertencia de Piketty, un estudioso de la desigualdad, tiene que ver con una añeja discusión sobre el capital financiero y su poder de generación de riqueza. El capital financiero, especulativo y la rentabilidad del dinero están por encima del capital productivo. Por decirlo de otra manera, muchos de los recursos financieros disponibles para enfrentar la crisis por la pandemia sólo son accesibles para los menos afectados y están alejados de los sectores empobrecidos y de los trabajadores que dependen de su capacidad productiva.

Antes de la pandemia ya teníamos desigualdades sociales profundas. Con la crisis, esto no sólo se remarcó sino que también se incrementaron los riesgos de ensanchar la brecha de la inequidad: la digitalización acelerada de la economía, la virtualización de la educación, la migración del empleo hacia plataformas digitales y el uso de tecnología para reinventar negocios, así como la pérdida de empleos, de ingresos, el cierre de negocios y la urgencia de aprender en forma acelerada para no ser excluidos del mercado por la denominada brecha de habilidades; todo esto maximizó el riesgo de que nuestras comunidades desiguales se vuelvan todavía más inequitativas e injustas.

Si aterrizamos las preocupaciones en la economía mexicana, nos encontramos ante desafíos urgentes: invertir en forma acelerada en la educación para evitar que la falta de acceso a la tecnología derive en deserciones y en rezagos, impulsar apoyos para que las microempresas se incorporen a la economía del conocimiento, así como buscar la manera de que los trabajadores no sean excluidos del mercado sino que se reinventen y se reincorporen. Estamos ante una crisis global y muchas urgencias locales que requieren miradas sociales y apoyos específicos para equilibrar este desbarajuste.

Por Héctor Farina Ojeda