Ocotlán, Jalisco

La invasión rusa a Ucrania está teniendo el efecto de un desinflador de recuperaciones: tras dos años de pandemia, las economías se encuentran en una búsqueda encarnizada de reactivación, añorando los tiempos anteriores a los confinamientos. Pero la guerra, la suba de precios de los combustibles y los alimentos, así como las complicaciones en el comercio internacional, están poniendo freno al repunte y a las expectativas. Como botón de muestra, las proyecciones de crecimiento de la economía de Estados Unidos disminuyeron a 2.8 por ciento para 2022, cuando a finales del año pasado la estimación era de 4 por ciento. Y, desde luego, México también se está frenando.

La Secretaría de Hacienda acaba de recortar el pronóstico de crecimiento mexicano: desde 4.1 por ciento estimado el año pasado, ahora la proyección es de 3.4 por ciento para 2022. Se trata de la perspectiva más optimista de todas, pues en su mayoría los organismos internacionales apenas esperan un repunte por encima del uno por ciento. Por ejemplo, Moody’s considera que la economía crecerá apenas 1.1 por ciento este año, con lo cual la recuperación a niveles previos a la pandemia se daría recién en 2023 o 2024. El escenario es harto conocido: repunte insuficiente, empleos que no alcanzan, precios que suben más de lo que la gente puede pagar.

Sin embargo, que las recuperaciones se frenen por los vientos internacionales desfavorables es algo coyuntural. El verdadero freno se encuentra dentro de la economía, en su andar lento y pesado, en sus lastres como la falta de calidad educativa o en el añejo problema de la baja productividad. Si desde 1990 el crecimiento promedio es de apenas 2.2 por ciento anual, esto significa que no es debido a una guerra actual, a un mal momento o a una pandemia que no se daba desde hace un siglo. Hay una clara tendencia al estancamiento, al repunte limitado, al despegue insuficiente, como si la fuerza interna no alcanzara para más.

Un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) lo dijo claramente hace poco: la productividad mexicana está estancada desde hace tres décadas. Lo mismo que el crecimiento. Lo mismo que los empleos, que son insuficientes, y lo mismo que los resultados en el combate a la pobreza. Y detrás de todo esto se incuban los problemas no resueltos de la educación, la escasa inversión en ciencia y tecnología, y los resultados de seguir dependiendo de la economía estadounidense y de modelos de producción de una era anterior a la economía del conocimiento.

Para dar el gran salto se necesita mucho más que buena suerte o buena coyuntura: la inversión educativa, en el conocimiento, en la gente y en su capacidad de hacer. Ahí se encuentra la gran diferencia entre los países que lograron emerger de la pobreza y aquellos que siguen anclados en el pasado. El freno en la economía no se resuelve con un par de indicadores o en el corto plazo: hay que desanclar, liberar ataduras y planificar el futuro. El freno económico se corrige en el ámbito de la educación.

Por Héctor Farina

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