Ocotlán, Jalisco

Imaginen el escenario que nos toca en 2021 luego de un año pandémico, crítico e incierto. Sobre todo porque pese a la angustia de que acabe 2020 y la ansiedad de dar vuelta de hoja, amanecimos con la misma pandemia, la misma crisis sanitaria y la contracción de la economía, aunque el inicio de las vacunaciones ayuda a atenuar un poco la incertidumbre y matizarla de esperanza. Claro, bajo la advertencia de que corren a la par las esperanzas del principio del fin de la pandemia, por un lado, y el incremento de contagios y muertes, por el otro. Como en la metáfora de que el momento más oscuro del día es justo cuando está por amanecer.

Imaginen la dificultad de reconstruir una economía en medio de una crisis sanitaria. Y no de cualquier crisis, sino de una global que satura hospitales, colapsa sistemas de salud y que tiene un costo impagable en vidas humanas. En este contexto iniciamos 2021 con la esperanza de que la vacuna le ponga fin a la pandemia, y de que el rebote de la economía luego de su hundimiento nos permita recuperar algo de los empleos, algo de los ingresos y algo de oportunidades. La caída económica en México es la mayor en el último siglo, con una pérdida enorme de puestos de trabajo y un empobrecimiento creciente en una población que ya tenía a cerca de la mitad de su gente en condiciones de pobreza y precariedad.

La recuperación económica prevista para este año es claramente insuficiente. Los mejores pronósticos apuntan al 4 por ciento. Claro, siempre teniendo como condición sine qua non que se controle la pandemia y que se tengan condiciones de salud que permitan reimpulsar el ritmo de la actividad económica. Pero algo que debe quedarnos claro es que no sirven las recuperaciones parciales, las recuperaciones inerciales y ni siquiera las plenas si con ello se vuelve al estadio anterior. No es una cuestión de números que reemplacen a otros números, sino de una reconstrucción de la economía para ir revirtiendo los daños estructurales de un escenario desigual marcado por trabajos precarios, informales, mal pagados e inciertos.

Imaginen el tamaño del reto si pensamos que en años de bonanza y con crecimiento a favor no se logró minimizar la pobreza ni revertir la informalidad. Al contrario, la brecha de la desigualdad siguió creciendo y la puerta de las oportunidades se hizo más estrecha. Sólo el cuatro por ciento de los mexicanos que nacen en el segmento más pobre alcanzan a subir al estrato de los ingresos más altos. Pese al esfuerzo, la dedicación y el trabajo, la principal probabilidad para alguien que nace en la pobreza es que permanezca en ella toda su vida. Y esto nos habla de la necesidad de reconstruir desde los cimientos, desde la educación más elemental hasta el campo profesional, desde asegurar el acceso a las oportunidades hasta la calidad de las mismas.

Con el shock que ocasionó la pandemia no sólo saltaron todas las precariedades sino que también se abrieron puertas que hay que explorar: la economía se digitalizó aceleradamente, se perdieron muchos empleos tradicionales y se están generando otros, se hundieron negocios que dependían de las multitudes o la aglomeración de personas pero emergieron otros en el campo de la salud, la robótica, el comercio en línea, la educación virtual, entre otros. Este tiempo de cambios abruptos es el tiempo de cambiar desde dentro. Economía digital, economía del conocimiento, educación, formación acelerada de trabajadores para nuevos empleos, microempresas, pymes, apoyo a emprendedores… imaginen todos los cambios que se podrían lograr con un impulso oportuno, con una política estrategia, con un apoyo real. Imaginen.

Por Héctor Farina Ojeda