Fotografía: Claudio Cruz / AFP
Ciudad de México, México.

“Ya viajábamos con miedo, pero ahora más”, comenta Brenda en el metro de Ciudad de México, al día siguiente de que 24 personas murieran al colapsar un tramo del elevado por donde recorre el tren.

“Dicen que le dan mantenimiento, pero a mí se me hace que no, se me hace que los cinco pesos [24 centavos de dólar] que pagamos [por viaje] se los roban”, añade indignada la mujer en la estación Candelaria, cerca del centro histórico.

De 30 años y obrera en una fábrica de zapatos, Brenda sigue impactada por las imágenes de los rescatistas tratando de sacar a los pasajeros de los vagones, que quedaron colgando del viaducto a unos 12 metros de altura la noche del lunes.

Antes de salir de casa la mañana de este martes, sus tres niños y su madre le dieron la bendición. “De todo le pasa a este metro, pero no hay de otra”, prosigue mientras se acomoda el cubrebocas que la protege del coronavirus.

La línea 12 del metro, donde ocurrió el accidente, ya había tenido problemas en el diseño, operación y mantenimiento de las vías, según un estudio de 2014 contratado por la alcaldía capitalina.

El resto de la red también ha estado plagada con problemas de seguridad.

En enero pasado, un incendio en las instalaciones de control del metro dejó una persona fallecida y 29 intoxicadas.

Mientras, en marzo de 2020 dos trenes chocaron en el interior de una estación, con saldo de un muerto y 41 lesionados.

– “Se cimbra todo” –

El metro es el principal medio de transporte de la capital y su zona metropolitana, donde viven unos 20 millones de personas, y las quejas de usuarios sobre su falta de mantenimiento son comunes desde hace varios años.

Parado junto a una ventana de un vagón de la Línea 4, que se eleva hasta diez metros en algunos tramos, Fernando Domínguez, un guardia privado de 42 años, asegura que teme vivir un accidente.

“Hace más de 10 años que uso esta misma línea para ir al trabajo y nunca he visto a nadie dándole mantenimiento a nada, y justo en este pedazo se cimbra todo, como si se fuera a caer“, cuenta con la frente sudorosa.

Los pasajeros que viajan con él guardan silencio. Cuando el tren frena suavemente, se voltean a ver unos a otros con nerviosismo.

“Una cosa es que frene [el metro] cuando va abajo, pero aquí arriba, después de lo de ayer, pues lo asusta más a uno”, comenta Agustín Suárez, contador de 70 años retirado.

– “No sé por qué tomó el metro” –

Al menos 24 personas murieron y otras 80 resultaron heridas en el accidente.

En un hospital del este de la ciudad de la ciudad, cerca del lugar de la tragedia, Juan Luis Díaz, de 17 años, lloraba a su padre, fallecido en la madrugada.

“Mi padre era chófer, usualmente viajaba en camión [autobús], no tomaba el metro, no sé por qué tomó el metro, desgraciadamente le tocó a él”, se lamentaba el joven en diálogo con la AFP.

En el mismo centro médico, Daniel Hernández, de 28 años, luchaba por su vida.

“Está muy delicado, en la noche lo operaron de una contracción abdominal, se le fue la sangre a los pulmones”, dijo su tío Jorge Hernández.

El joven fue trasladado en helicóptero a otro hospital, mientras la familia esperaba más detalles de su salud, añadió el tío.

En el Hospital General de Tláhuac, una pareja buscaba a su vecino José Galindo, que habría sido aplastado en su automóvil cuando las columnas de concreto se desplomaron. La víctima, de 34 años, estaba con su esposa.

“No sabemos si está vivo o muerto. Nos decía su padrastro que el muchacho ya había fallecido, pero un reportero grabó un video donde se le ve atrapado y pide ayuda”, declaró a la AFP José Luis Vigil.

“El carro sigue debajo de la columna. Sabemos que ella [la esposa] está viva”, añadió.