Rebkong, China

Una extensa procesión, con un buda gigante de colores tornasolados y cadáveres de corderos, encantaron a fieles y turistas en el norte de China, donde los tibetanos celebraron con fervor el fin de las fiestas por el Año Nuevo Lunar.

A pesar de los codazos, Tsering se abrió paso entre la multitud compacta de fieles. Estuvo decidido a hacer que su hija de dos años tocara una pintura sagrada, exhibida alrededor del monasterio de Rongwo en la provincia de Qinghai.

Esta es la culminación del “Losar”, el Año Nuevo tibetano. Los monjes caminan hacia una colina vestidos de rojo llevando una “thangka”, una representación monumental del Buda, pintada a mano durante meses y tan alta como un edificio de varios pisos, que despliegan cuando llegan a su destino.

“Este es un buen augurio, especialmente para los niños”, afirmó Tsering, contemplando sin aliento el paisaje montañoso del condado de Rebkong.
El dalái lama acusa al gobierno de China de cometer un “genocidio cultural” contra los tibetanos, pero Pekín asegura que apoya la cultura local y desafía al líder espiritual tibetano, que abandonó China en 1959 para exiliarse en India.

Desde 2009 muchos tibetanos se han inmolado para protestar contra el gobierno en el condado de Rebkong, uno de los muchos asentamientos tibetanos que se encuentran en China, fuera de la región autónoma del Tíbet (oeste).

Durante estos festejos, los policías estuvieron presentes controlando los vehículos y también los pocos hoteles autorizados para albergar turistas.
Pero el “thangka” gigante pudo ser desplegado sin incidentes y bajo un sol radiante en lo alto de una colina cerca al monasterio, donde se develó una espléndida pintura en seda rosa, verde y azul, al son ensordecedor de los petardos.
“Es una ofrenda al Buda, debe ser enorme para que todos los seres vivos puedan verla: los humanos, pero también las aves y los insectos, para que todos tengan la oportunidad de tener una mejor existencia en su vida futura”, explicó un monje.

En los alrededores de otro monasterio más pequeño, el de Gartse, las familias van vestidas de fiesta, con trajes bordados y joyas o elegantes chaquetas de piel de oveja.
Frente a ellos, dos monjes jóvenes con máscaras de calaveras ejecutan danzas propias de este ritual que se supone los protegerá de todas las fuerzas del mal durante el Año Nuevo. Todo bajo los ojos de niños que saborean su helado.
“Es un exorcismo con el fin de eliminar las cosas negativas y las acciones deshonestas”, explicó un bailarín.
Otros dos blandían sus espadas, y arrojaron a la multitud los cadáveres secos de pequeños corderos.
“Para ser honestos, no conozco el significado de eso”, admite un estudiante llamado Tenzin, ante un público desconcertado pero fascinado con el espectáculo.