Fotografía: Cortesía
Guadalajara, Jalisco.

¿Cuántas niñas y niños perecieron en la explosión del 22 de abril de 1992? ¿Cuántas y cuántos menores quedaron en la orfandad? Vulnerables, sin recursos para terminar sus estudios.

Esa es una de tantas incógnitas que persisten a 30 años de distancia de aquel infausto miércoles de Pascua, en el que aquellas explosiones de gas abrieron las entrañas del Sector Reforma en la capital tapatía.

La afectación a niñas y niños no ha sido un ángulo que domine en trabajos periodísticos o académicos que documenten la tragedia. Las autoridades nunca ofrecieron cifras desglosadas por edad o género de las víctimas. Los datos oficiales fueron de 212 muertos y 69 desaparecidos. Hay fuentes que manejan mil 800 lesionados en total. Algunos cálculos de investigaciones hablan de 10 mil afectados.

El domingo 25 de abril de 1993, la periodista Laura Castro Golarte publicó un reportaje en la página 37 del diario El Informador. Ahí se manejó una cifra escalofriante: Una tercera parte de los afectados fueron menores de edad.

Maestras y profesores relataron a la periodista cuáles fueron las secuelas en niñas y niños que sobrevivieron a la tragedia.

“Casi todos los niños damnificados, los niños del 22 de abril, muestran actitudes negativas hostiles agresivas. Algunos, aunque muy pequeños, dejan entrever amargura y resentimiento; otros más se hicieron introvertidos y casi no hablan y se apartan de los grupos de niños, no juegan ni aprovechan los conocimientos que se les imparten en la escuela, siempre están muy distraídos, más de lo normal”, comentó Golarte.

Las imágenes de aquel entorno espeluznante no se borrarían fácilmente de las mentes infantiles, añade Castro Golarte.

“Muchos niños vieron cómo murieron sus padres, sus hermanos o personas que ni siquiera conocían, pero los vieron morir trágicamente. Son imágenes muy difíciles de borrar en una mente infantil. Son imágenes que al principio se repetían involuntariamente, con una claridad asombrosa en sus mentes pequeñas. De ahí la agresividad o la timidez, el retraimiento y de ahí la importancia de darles una mejor atención”.

Fotografía: Ernesto Navarro López

Lo ocurrido con niñas y niños conmovió a integrantes de la Cámara Nacional de Comercio en Guadalajara, que en aquel momento encabezaba el presidente Don Julio García Briseño.

“Y convoqué a una junta extraordinaria de Consejo para ver qué podíamos hacer nosotros ante esta tragedia. Hubo diferentes propuestas y la que reunió el mayor número de adeptos fue el de otorgar becas a los huérfanos, a todos los huérfanos, que desconocíamos cuantos eran, pero lo importante era ver cómo apoyar a las familias”, mencionó García Briseño.

Fue así como se creó un fideicomiso en el que participó la iniciativa privada y el banco que en aquel entonces se denominada Bancomer, destinado a que los huérfanos concluyeran sus estudios. Algunos de ellos lo hicieron hasta la universidad.

“Se estuvieron acercando y se estuvieron atendiendo, de manera amplísima, a todos los familiares que estuvieron afectados por la explosión del 22 de abril, pero fueron muchos más, con el tiempo se fueron acumulando”.

“Pero ahora en lo que se ha enfocado es en los huérfanos y huérfanas de policías caídos en el cumplimiento de su deber. Y actualmente sigue vigente, como legado de esta idea que surgió hace 30 años en el Consejo de la Cámara de Comercio”.

Fotografía: Cinthya Adriana Gómez Guerrero

Sin embargo, aunque estos esfuerzos ciudadanos y sociales fueron muy valiosos, como lo han expresado varios sobrevivientes entrevistados por reporteros de este medio, la salud física y mental de quienes en ese tiempo eran menores, no ha podido reponerse. Las secuelas de aquel episodio traumático, al ver a sus padres y madres entre escombros y fierros retorcidos, son permanentes.

Y, sobre todo, hay algo que a 30 años sigue vigente: el anhelo de la justicia. Y de conocer la verdad.

Julio Ríos

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