Ocotlán, Jalisco

Arthur Schopenhauer (1788 – 1860), filósofo alemán, escribió en su obra El mundo como voluntad y representación: “El mundo es mi representación”: ésta es una verdad que tiene validez para todo ser que vive y que conoce; aunque sólo el hombre puede concebirla a través de la conciencia reflexiva, abstracta; y lo hace realmente, de modo que concebirla es ya poseer el sentido filosófico. Entonces le resulta claro y cierto que él no conoce un sol ni una tierra, sino sólo un ojo que ve un sol y una mano que siente una tierra; que el mundo que le rodea existe sólo como representación, es decir, sólo en relación a otro, al ser que se lo representa, que no es sino él mismo.

Uno es lo que ha cultivado a través de su proceso vivencial. En ese trayecto de experiencias que otorgan aprendizajes únicos y que ayudan a entenderse a sí mismo y a los demás que se involucran en los actos de socialización. Ese otro es determinante para quien lo siente como tal, ese sentir está impregnado de las percepciones que los sentidos generan, de las representaciones que ellos construyen y de las acciones que conducen a entablar vínculos representativos y testimoniales de las concepciones inherentes a la valorización del prójimo. 

Es indispensable la presencia del pensar abocado a crear representaciones que visualicen las luces que cada cual ha podido encender en el presente, ellas reflejan las particularidades que caracterizan a cada ser humano y que le permiten iluminar los entornos en donde habita y convive en comunidad. 

Alrededor de uno hay tantos significados como interpretaciones de los hechos que han sido posibles de percibir. Son los rayos de ese sol, que en el criterio de Schopenhauer no se conoce sino a través de los ojos que lo ven, por eso es vital ver lo que estimula las virtudes del ser humano y ahondar por medio de las relaciones sociales en el constante desarrollo de las mismas.

Por Marcelo Pedroza

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