Ocotlán, Jalisco

Las condiciones del mercado laboral mexicano, las dificultades y los retos configuran un escenario en el cual las cosas no están muy bien. El 75 por ciento de los trabajadores mexicanos tiene estrés laboral, en tanto el 80 por ciento dice que realiza tareas que no le corresponden, de acuerdo a los datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). A esto debemos sumarle que los mexicanos son los que más horas trabajan dentro de los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) pero también son los que menos ingresos perciben: trabajan 43 horas a la semana en promedio pero los niveles de pobreza alcanzan a cerca de la mitad de la población.

Mientras que un alemán trabaja en promedio 26.2 horas semanales y goza de seguro, prestaciones y tiene una buena calidad de vida, en el caso mexicano las largas jornadas laborales no significan mejorar los ingresos. Un dato que explica parte del problema es el de la baja productividad: en el segundo trimestre del año la productividad tuvo una caída de 2.5 por ciento, lo que representa la cifra más baja en los últimos 10 años. Esto quiere decir, en otras palabras, que se trabaja mucho pero se produce poco, que más horas de trabajo no equivalen a mejores resultados y, por lo tanto, tampoco a mejores ingresos.

Detrás de los problemas de productividad se encuentran los problemas con la educación: recursos humanos con formación deficiente, no preparados para trabajos especializados y con conocimientos y aptitudes insuficientes para atender los requerimientos del mercado. Además, la precariedad en cuanto a las condiciones de trabajo favorecen la menor productividad, ya que sin insumos ni apoyo es difícil lograr los mismos resultados que si se tuvieran las condiciones ideales. El trabajo en México es precario por las condiciones, por la informalidad, por los malos salarios y por las deficiencias educativas.

De acuerdo a los datos del Consejo de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en México hay 21 millones de personas con rezago educativo, en tanto 5.7 millones no saben leer ni escribir. Sin embargo, el porcentaje más alto está disimulado: el de los analfabetos funcionales, es decir de aquellos que saben leer y escribir porque tienen una instrucción básica pero su formación es tan precaria que no alcanza para acceder a trabajos que demandan conocimientos especializados.

En un contexto en el que trabajo es insuficiente y precario, con niveles de informalidad que alcanzan al 57 por ciento del mercado laboral, y ante el embate de la automatización de los empleos, más que nunca necesitamos reinventar el trabajo: ampliar el alcance de la educación y mejorar la calidad educativa para potenciar el capital humano, así como revisar las condiciones del mercado para favorecer el desarrollo de talentos y la incorporación de trabajadores con mejores salarios y más certezas. Más que nunca se requiere de una alianza estratégica entre el gobierno, la iniciativa privada y las universidades. Porque así como está el trabajo no es garantía de calidad de vida sino de precariedad.

Por Héctor Farina