Portada de Después del Naufragio, imagen tomada de Enciclopedia de la Literatura en México

Por Luz Atilano

Antonio Moreno y Oviedo fue uno de los poetas y escritores laguenses con mayor presencia en la vida social y política. Nació el 2 de septiembre de 1862 en Lagos de Moreno y tras cursar sus primeros estudios en las escuelas de Mariquita Montelongo y de Esteban Alcalá, así como en el Liceo del Padre Guerra, ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara, donde comenzó a escribir.

Cursó la carrera de abogado en la Escuela Católica de Derecho de Guadalajara y se tituló en 1884. Una vez de regreso en su lugar de origen, se desempeñó como notario público, agente del ministerio público, juez de letras en 1886, juez segundo de letras en 1907, y regidor del Ayuntamiento en varias ocasiones, además de ocupar otros cargos públicos.

Muy relacionado con el mundo literario, y sosteniendo la idea del poeta con función social, Moreno y Oviedo fue el mecenas de todo un grupo de escritores, conocido como el grupo literario de 1903. Tal como lo comparte la doctora Irma Guerra Márquez, docente e investigadora del Centro Universitario de los Lagos:

«Antonio Moreno y Oviedo fue el mecenas del grupo literario de 1903, así lo reconocieron todos sus compañeros, todos sus amigos. […] En 1903, lanzó la convocatoria para realizar los primeros Juegos Florales de Lagos, que se celebraron el 7 de junio de 1903 en el Teatro José Rosas Moreno y bueno, en estos Juegos Florales él tuvo el accésit al premio de la flor natural por su poema “He vencido la jornada”. También, en octubre de 1904 obtuvo la cuarta mención en los primeros Juegos Florales de San Luis Potosí, con su poema “Ilusión, no te vayas”, que fue publicado en el primer todo de los Ocios Literarios, donde también aparece un poema de José Becerra dedicado a Moreno y Oviedo por ese triunfo y que fue leído en una comida que le ofrecieron en quinta Rincón Gallardo, en la finca que todavía existe, que está cerca de la Parroquia de la Luz».

Su asidua participación en la vida pública, lo llevó también a colaborar en el periódico La Provincia, de Aguascalientes; en El Tiempo Ilustrado, de la Ciudad de México; en El Estandarte, de San Luis Potosí; y en La Revista, de Guadalajara. Aunque desde luego, fue su obra literaria la de su mayor pasión, se le conocen tres poemarios que publicó él mismo: Después del naufragio (en 1923), Incienso en el Rescoldo (en 1935) y Pátina. Versos (en 1940).

Fue el autor de un poema emblemático para todo el grupo literario de 1903, que contó con al menos ocho versiones distintas y que incluso llegó a ser reconocido por el poeta Ramón López Velarde, con quien Moreno y Oviedo mantuvo correspondencia ocasional:

LA TARDE DE OJOS GRISES

Me ve la tarde con sus ojos grises

Yo la contemplo lleno de tristeza

Sin luchar nos hacemos luego presa

Y mezclamos al fin nuestros barnices.

 

Mis pensamientos como codornices

que turban de repente la maleza

muy pronto se convierten en pavesa

me ve la tarde con sus ojos grises.

 

Avanza sin crepúsculo la noche

los murciélagos rondan en mi estancia

abre la flor del ángelus su broce.

 

Y siento bienestar con su fragancia

desciende la llovizna con la noche

y rondan los murciélagos mi estancia.

 

En su poesía, según comparte Guerra Márquez, se pueden encontrar los grandes tópicos de la época finisecular, como la femme fatal y la mujer angelical. Comenta, Francisco González León lo definía como un poeta colmado en sus versos laureados, que dominaba síntesis y cuyas poesías eran como gotas de miel, dulces y correctas.

Recrea en muchos de sus poemas la ciudad natal, la provincia y su entorno natural. En ellos se pueden encontrar múltiples evocaciones a Lagos de Moreno:

 

NOSTALGIA NATIVA

En la falda del “Cerro”, adormecida

tiendes tu gracia con feliz acuerdo,

¡es un alto relieve tu recuerdo

en el muro volcado de mi vida!

 

Tu visión me persigue luminosa

hasta rendirme el sueño del pasado,

y entonces como blanca mariposa

te ciernes sobre un campo desolado.

 

Tu silencio y quietud, qué bienandanza

le dan al corazón que desfallece;

y el valle que dominas me parece,

por su claro verdor, una esperanza.

 

En tus calles, tus huertas, tus alcores,

en todas partes hay memorias mías;

repicaron aquí mis alegrías,

allá se deshojaron mis amores.

 

En esta casa se meció mi cuna,

a esta iglesia mi madre me llevaba;

al “Calvario” subía, y contemplaba

crepúsculos de sol y ortos de luna.

 

¡Todo pasó!… La fuerza del destino

me arrancó de tu seno, donde queda

el alma de mi vida, que ahora rueda

sin amor ¡sabe Dios! en qué camino.

 

En su compromiso con el arte, además de su mecenazgo y de ser anfitrión de cada una de las reuniones del grupo, Antonio Moreno y Oviedo alentó a los poetas de la época a mejorar su escritura y a continuar escribiendo, de tal modo que estuvo al pendiente de la edición de la revista Ocios Literarios e hizo llegar cada número de ésta a distintos puntos del país y del extranjero, como a Argentina y a España.

Además, apoyó en la publicación de la Biblioteca de Autores laguenses a Alfonso de Alba, quien además publicó una selección de sus poemas titulada De ocios a Pátina en 1947 y el estudio La obra de Antonio Moreno y Oviedo y la Generación de 1903 en 1949, año en que falleció el poeta mecenas de la vida literaria de Lagos.

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