unidad canina protección cárceles CDMX
Fotografía: Mario Guzmán - EFE      
Ciudad de México, México.

Maverick, Carter o Beto son algunos de los perros que conforman el K9, la fiel unidad canina que trabaja en las penitenciarías de Ciudad de México desde hace casi 20 años en labores de protección, guardia y detección de sustancia ilícitas.

Beto husmea una hilera de unas 30 cajas de madera hasta que su prodigioso olfato le advierte de algo inusual. En una de ellas se esconde un teléfono móvil, y tras detectarlo ladra en varias ocasiones para avisar al técnico penitenciario que trabaja con él.

En prisión, ejerce este trabajo en la aduana de vehículos para asegurar que nada ilícito entre en ninguna cárcel de la capital de México, un país donde la propia Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) ha advertido severamente de irregularidades, autogobierno y presencia de objetos prohibidos en las prisiones.

Este golden retriever es uno de los 29 miembros de la Unidad Canina K9 del Sistema Penitenciario de Ciudad de México, un grupo especial que, junto a expertos en manejo de canes, se dedica a dar seguridad en las prisiones de la capital desde 2002.

Hoy, estos animales junto con sus técnicos y cuidadores ofrecen una exhibición de sus habilidades, que van desde la detección de sustancias prohibidas en un penal -como drogas, explosivos o teléfonos móviles- hasta la guardia y protección del centro y sus reclusos, incluso en situaciones tan peligrosas como un motín.

Los perros “son una herramienta de disuasión, a veces se dice que si son arma blanca, pero no; sirven para disuadir y se ocupan como se tengan que ocupar”, remarcó a Efe el subjefe de la Unidad Canina de la Dirección del Sistema Penitenciario, Carlos González.

A la orden de uno de sus entrenadores, Maverick, un american pitbull terrier, se lanza al brazo de uno de los técnicos. Le clava los colmillos hasta el fondo, y no se despega ni con ligeros golpes en la cabeza hasta que le ordenan parar con un “¡Fuera!”.

El atacado, que simulaba ser un reo con una vara en la mano, lleva un grueso traje que le salva de terminar fuertemente herido. El ataque, relatan expertos de la unidad, solo se utiliza en circunstancias excepcionales. De todo el cuerpo, solo se puede atacar el brazo, y si el reo lleva una arma.

“Tenemos que actuar dentro de un marco legal, y por ello tenemos que tener siempre presentes los derechos humanos y no caer en abuso de autoridad”, aseguró González.

Los perros van rotando entre los cuatro penales que se encuentran en Ciudad de México, y tienen sus guaridas en un lateral del complejo de Santa Martha Acatitla, donde reposan tras unos tres meses de trabajo intramuros.

De acuerdo con el Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria de la CNDH, en la mayoría de las cárceles de México hay insuficiencia de personal y custodia, deficientes condiciones materiales, y falta de capacitación y programas de desintoxicación.

Y la mitad de los penales estatales padecen autogobierno y hacinamiento, entre otros problemas.

En Ciudad de México, los penales obtienen una puntuación de 6,88 sobre 10, ubicándose en la parte media-alta de la tabla en comparación con los otros 31 estados del país.

En el complejo de Santa Martha Acatitla, donde hay un centro para varones, otro para mujeres y uno de alta seguridad, residen alrededor de 5 mil reclusos.

La relación entre los perros y los técnicos penitenciarios especializados en su adiestramiento es excepcional. Ellos son quienes los entrenan en agilidad, pues los canes son capaces de saltar vallas y atravesar obstáculos, y les dan todas las órdenes de obediencia.

“Cada uno de los canes tiene un temperamento, raza y cualidad. Y cada una de esas cualidades las vamos descubriendo”, indicó el médico veterinario Eduardo Caballero, miembro de estos binomios humano-caninos.

El grado de entrenamiento y la capacidad de aprendizaje de los perros es tal que incluso pueden detectar explosivos o armas de fuego.

A modo de ejercicio, se esconde una pistola en las ruedas de un vehículo. Se deja el perro trabajar con enorme sigilo porque cualquier movimiento puede hacer detonar un explosivo.

Tras unos minutos de reconocimiento, el animal detecta el neumático en que se esconde el arma, y recibe la felicitación del técnico que lo acompaña, miembro de una unidad conformada por hombres y mujeres capaces de dirigir a cualquiera de los canes.

El promedio de edad de la unidad es de seis años y tres meses. El más mayor es Beto, con nueve años, y el más joven es Dante, un pastor belga malinois de dos años tres meses.

Estos canes acostumbran a jubilarse a los nueve años. Ocurrió recientemente con Yago, Bereta y Kaiser, tres pastores belga malinois especializados en detectar sustancias y materiales prohibidos.

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