Siempre existe la opinión pública

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Lo que se dice a través de las redes sociales electrónicas es ejemplo de esto: un suceso llamativo concita la intervención plural, unos lo tomarán en serio, habrá quien reflexione con profundidad y rigor, justo a un lado de quien caricaturizará el hecho y a sus protagonistas y no faltarán los que simple y superficialmente soltarán un insulto, o varios.

Qué lejanos aquellos tiempos en los que la autoridad censuraba lo que en la esfera pública se decía. A Manuel El Loco Valdés se le ocurrió una noche hacer un chistorete, supongo, porque recuerdo el caso con seguridad, pero lo uno al dato histórico real, fácilmente consultable, que fue cuando el Ejecutivo Federal decretó el “Año de Juárez”, en 1972; pues bien, El Loco preguntó al aire: ¿cuál fue el primer presidente bombero?, respondió: Bomberito Juárez… todo en cadena nacional a través del omnipresente Canal 2, hoy Las Estrellas… Lo suspendieron y lo multaron; mejor dicho, lo multó y lo suspendió la Secretaría de Gobernación.

Burlarse de Juárez, impensable… el sobreentendido en un régimen autoritario que no tenía empacho en matar estudiantes, en reprimir manifestaciones o en confiscar publicaciones, era que había temas, personajes, históricos o actuales, que estaban por encima de la libertad de expresión, y ni quien repelara. Por supuesto, había casos más ominosos, aunque menos visibles. Pero la anécdota del Loco Valdés ilustra el control de la opinión que solía ejercerse nomás porque el tiranuelo en turno decidía lo que era sano y juicioso, de buen gusto, y lo que no.

Ahora vivimos en el espejismo de la libertad irrestricta para la expresión; el medio Internet y también los medios impresos y electrónicos parecen vivir una era de plenitud y con ellos, quienes estamos inmersos en su zona de influencia. Qué gran cosa que los poderosos ya bien poco puedan ocultar; la transparencia unida a la tenacidad libertaria de las reporteras y reporteros han echado luz sobre materias de la cosa pública que antes estaban reservadas, y no sólo: hoy más que nunca tenemos a nuestro alcance herramientas para que la opinión de todas, de todos, encuentre cauce con o sin el periodismo.

Ese cauce, labrado en la roca maleable de Internet, es caótico y su sentido parece multiplicarse hacia mil rumbos distintos, o hacia ninguno; del aluvión de imágenes, de palabras, de signos que son su caudal, de pronto asoman las puntas de unas hebras que parecen definitivas para desentrañar un misterio o para hacer justicia o para unificar opiniones, pero luego esas hebras se desvanecen por el empuje de otras opiniones y otros comentarios que no cesan de acumularse con sus efímeras hebras.

Claro, no se ha dado el caso de que un avance de la sociedad sea reconocido y aceptado por quienes detentan el poder, así como así; para ellos, la libertad y el derecho a opinar son una graciosa concesión que debe estar sometida a su vigilante tutela: ¿en los medios tradicionales se dice algo que no les conviene? Es cosa de hablar con los directivos y los dueños para hacerles ver los errores, o si el asunto no es para tanto, basta con que el o la gobernante ignore al comunicador o comunicadora. Con las redes sociales es distinto, llenas como están de fuego fatuos; con ellas, el poderoso debe acatar la paciencia y si no tiene tanta, le bastará dejarse llevar por la corriente y responder con el lenguaje y el tono correspondientes, al cabo no pasa nada, así es la onda en las redes sociales, tipo ratón loco, y sin gato.

Lo bueno es que hoy, por cada poderoso que añora el autoritarismo, hay otro que no confunde el uso del poder para usufructo personal con el privilegio de gobernar a una comunidad, y que sabe que el mando que efectivamente detente debe ir dirigido a propiciar el bienestar del grupo social que encabeza. Sin embargo, basta uno de los primeros, de los mandones, para distorsionar lo que significa vivir en sociedad y desvirtuar no sólo el inacabado trance democrático sino a la democracia misma; porque el pasado, el del control vertical inapelable, sin la monserga de tener que atender a la diversidad de opiniones, está aún muy cercano en la historia y es tentador.

En la encuesta sobre calidad de vida que presentó Jalisco Cómo Vamos la semana pasada están los datos siguientes: 68% de las y los tapatíos están convencidos que es responsabilidad de todos resolver los problemas de la sociedad, apenas 19% dijo que era potestad de los gobiernos. Sin embargo, al pedir a los encuestados que calificaran su interés en la política y en los asuntos públicos, del 1 al 5 le pusieron 2.5, o sea, escaso interés.

Es la típica muestra del deber ser y el actuar en sentido contrario; pero me parece que tiene una explicación: décadas de autoritarismo del que no oía y no veía a nada, a nadie fuera de su esfera, porque era autorreferencial. Ya sabemos que esa fórmula no remedió algo, al contrario, y lo que nos muestra ese 68% que dice: es responsabilidad de todos, es que, si no aprovechamos esa voluntad, sólo atenderemos la superficie de los problemas que nos aquejan y seguirán igual de acuciantes. Sí, al final, como reza el apellido de Jalisco Cómo Vamos: lo que la gente opina, importa; además es, ética y pragmáticamente, la única salida.

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