La vida en sociedad facilita muchas cosas para los sujetos que la componen, pero esto no implica una armonización idílica: unos quieren una cosa, otros, una diferente; y si hacemos consideraciones de género, de edad o de estrato socioeconómico, los deseos se pulverizan; es en esta pulverización donde la democracia encuentra un reto mayúsculo: ¿cómo dar con reglas comunes que permitan la convivencia de todos, de todas, sin inhibir el modo de vida que elija cada cual?

Hubo un tiempo en que la mayoría era el único argumento para legislar, ya fuera una mayoría aritmética o una que hubiera ganado la representatividad por las armas, por poder económico o por ambos. El grupo constituyente que sesionó en Querétaro en 1917 estaba lejos de ser mayoría aritmética, lejísimos, sin embargo, que estuvieran ahí los intereses de los bandos que contendían en la Revolución y personajes reconocidos por esos bandos, valieron para que afirmaran que el texto que signaron el 5 de febrero de ese año era expresión de todos los mexicanos, así se convirtió en el pacto que nos hizo una nación.

Pero un acuerdo constitucional gana vigencia no únicamente por quien lo encabeza, sino porque los anhelos de los sujetos encuentran sitio en él; si el Congreso Constituyente se hubiera preocupado exclusivamente por los privilegios de sus integrantes, la Carta Magna no hubiera sido el principio del fin de la guerra civil. Y viene a cuento recordar que con todo y que el clero se sintió perjudicado, pues perdió bienes, potestad sobre la educación y la posibilidad de tener injerencia en las decisiones políticas, la Constitución fue celebrada por católicos y no católicos porque incluía libertades, educación y el derecho a que cualquiera fuera propietario de su destino, de su credo, de su pensamiento, de su trabajo y hasta de tierras… cosas a las que el clero se había opuesto.

Con todo lo buena que fue la Constitución, con el paso del tiempo y con la muda natural de las sociedades necesitó las precisiones de una democracia más fina; los sobreentendidos en las expresiones “todos” o “mayoría”, al hablar de derechos, no eran sino pretexto para la exclusión y la discriminación, al momento de ejecutar las leyes perdían grupos concretos por imperativos de la tradición y de la cultura que imponía una supuesta mayoría. A casi cien años, las mujeres todavía no disfrutan de un arreglo legal que proteja cabalmente sus intereses; las y los indígenas hasta hace muy poco ganaron lugar en las leyes; las diferentes expresiones del espectro político fueron legítimas hace sólo cuarenta años, y con asegunes; las reglas antimonopolios eran blandas para beneficio de cincuenta; y de este modo, un etcétera muy largo. El juego de la mayoría simple ya no es un método vigente, sino una forma elitista de regir, una ceguera voluntaria ante la realidad cotidiana, plural y diversa.

Esa realidad que pesa, por compleja, y algunos quisieran simplificar con reglas que sean reflejo nomás de ellos, no de la complejidad, no de la justicia. Que las y los homosexuales tengan derechos, que se puedan matrimoniar y formar una familia les resulta intolerable, pero al mismo tiempo no quieren pasar por discriminadores, así que apelan a formar una mayoría de las de hace un siglo para llegar a un silogismo obsoleto: lo que es bueno para los más, un más que depende de la cuenta que ellos mismos hacen, tiene que ser bueno para todos, y que se callen los menos y que de ser posible desaparezcan.

Supongamos, por un rato, que en verdad son mayoría (es mera suposición) y supongamos que atenidos a esa aritmética la Suprema Corte dice: la mayoría habló, las y los ministros pedimos perdón por lo que dijimos de los matrimonios igualitarios. Si ese dispositivo para fabricar mayorías fuera aceptado, es nomás una suposición, podríamos intentar otra mayoría.

Supongamos que a alguien sugiere que los pobres de este país, la mitad de sus habitantes, están en esa condición porque hay unos cuantos muy ricos, y que el remedio para igualarnos es quitar a estos últimos sus pertenencias y legislar para que nadie tenga derecho a poseer más que nadie. ¿Alguien duda que se congregarían millones para apoyar esta moción? Una mayoría indisputable, pero, ¿sería suficiente para considerar justa la petición? El centro de los estados nacionales no está en seguir los dictados de una autoproclamada mayoría vociferante que afirma que sus modos y sus gustos son de curso obligatorio, el meollo está en cómo dar espacio a todas, a todos, para hacer una asociación de comunidades que comparten un territorio y una noción de justicia y de libertad; si nos observamos bien concluiremos que casi nadie vive como nosotros, que casi nadie lleva a su familia o al amor con idéntico tenor, es decir: somos minoría entre una multitud de minorías, y lo correcto, si no somos criminales, es que la ley nos ampare con equidad e incondicionalmente.  

Equipo Editorial
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