Ocotlán, Jalisco

Los desafíos movilizan la existencia. Los desafíos dan vida. Permiten comprometerse con uno mismo y también con los demás. Ese compromiso estimula, ayuda a seguir en el camino del crecimiento. Al involucrarse en la consecución de lo que se quiere, las circunstancias surgen como consecuencia de lo que se hace. 

Los desafíos deben expresarse. Hay que conocerlos con precisión, con la mayor claridad posible, así todos los responsables saben qué los une, qué los energiza. Con hablar de ellos no basta. Hay que estar, hay que hacer, hay que ayudar, hay que servir. Entonces, los desafíos deben expresarse en los hechos.

Todo desafío requiere del conjunto. Es relevante la presencia del otro. Por eso si hay sectores que no están dispuestos a superar un objetivo es complejo que el mismo se alcance. Es que no se puede remar contra la corriente cuando ella trae conformismo, desinterés y ausentismo. En todos los órdenes de la vida social, si lo mediocre es lo normal, se corre el riesgo de ir lentamente o rápidamente, dependiendo de lo que sea, hacia abajo. Si las costumbres avalan la falta de coraje y carácter para sobresalir, la ausencia de las mismas sumerge en el fondo cualquier actividad. 

Los desafíos integran a todos. Uno no puede hacer todo o de todo aunque sí puede hacer lo que le compete, lo que está a su alcance, lo que está preparado para realizar, lo que su máxima capacidad le permite. Si sólo algunos hacen muy bien su trabajo dentro del grupo, es muy complicado ver cumplido el desafío. El empeño de los que hacen puede motivar el interés de todos, es factible esto último aunque no siempre se da así. Por eso para cumplir un desafío es indispensable la voluntad práctica de todos. 

Los desafíos necesitan de un tiempo. Valioso es el mismo y pasa como todo en la vida. No hay lugar a lamentos cuando se ha desaprovechado el tiempo de oportunidades. Las metas conviven con el tiempo, inexorablemente. Todos los escenarios posibles son testigos del tiempo.

Por Marcelo Pedroza