Ocotlán, Jalisco

Cuando uno le pregunta a sus padres, sus abuelos o alguna persona mayor el motivo por el cual trabaja, seguramente en la respuesta encontrará la palabra dignidad: por encima de los ingresos, del salario o de la naturaleza misma del oficio o profesión, la idea de fondo se sintetiza popularmente con la expresión “llevar al pan a la casa”, lo que equivale al ejercicio digno de conseguir lo necesario para vivir. No siempre fue así. Como bien lo explicó el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en su libro Trabajo, consumismo y nuevos pobres, hubo un tiempo en el que trabajar era mal visto, que sólo lo hacían los esclavos, los marginales o los pobres. Pero en nuestros tiempos el trabajo se volvió fundamental para todos y está relacionado directamente con la posibilidad de una vida digna.

Sin embargo, la progresiva y constante pauperización de los empleos nos ha llevado a una paradoja en la cual se procura el trabajo como una forma de ganarse la vida con dignidad, pero las condiciones laborales son cada vez más indignas. Hay una precariedad cada vez más extendida y acentuada en los empleos: los salarios que no alcanzan para cubrir necesidades básicas, la inestabilidad que impide a los trabajadores hacer planes a mediano y largo plazo, la informalidad, la falta de prestaciones, de vacaciones, de seguro médico; la incertidumbre de saber cuándo habrá despidos y cuándo y bajo qué condiciones se podrá conseguir una nueva ocupación.

Hace más de dos décadas lo advirtió Ulrich Beck, el sociólogo alemán: la precariedad hace que los empleos sean cada vez más fugaces e inciertos, inestables, cambiantes. Y esta tendencia no sólo no se ha frenado sino que se ha acelerado y profundizado con la pandemia, con el remplazo de la mano de obra por la tecnología, y en el caso latinoamericano con el agravante de la pobreza que en algunos países como México supera el 50 por ciento, así como por la enorme desigualdad que se nota en los ingresos, la educación, la salud y en general en las condiciones de vida.

Si matizamos con números el conflicto, tenemos que los hogares mexicanos perdieron 5.8 por ciento promedio de sus ingresos en 2020 debido a la pandemia, en tanto faltan por recuperar cerca de 400 mil empleos para regresar a los niveles que se tenían en febrero de 2020. Pero la misma recuperación tiene matices porque en un mercado laboral con precariedad, los empleos que se recuperan también son precarios. La gente vuelve al trabajo pero las circunstancias que lo rodean no mejoran. Y esto nos confronta con problemas que conocemos bien: trabajar más, ganar menos; sacrificarse mucho y que no alcance.

Uno de los grandes problemas por resolver con urgencia es el de la calidad del empleo. Si trabajar es una cuestión de dignidad, no es posible que las condiciones en las que se trabaja sean indignas. Y no es sólo cosa de más o menos dinero, sino de respeto, seguridad, estabilidad y proyección. Hay una gran deuda social por atender y se puede comenzar repensando el trabajo y sus circunstancias. Trabajo debe significar dignidad y no precariedad.

Por Héctor Farina Ojeda