Ocotlán, Jalisco

Mientras a nivel mundial una de las discusiones más intensas se da entre la necesidad de priorizar la salud o la economía en el contexto de la pandemia de Covid-19, la visión de un pequeño país sudamericano es una buena referencia para repensar qué hicimos mal en estos campos. Con menos de mil casos confirmados y 28 muertos, Uruguay es uno de los países con mejores resultados frente a la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, al mismo tiempo que su economía sigue funcionando y no hubo cuarentena obligatoria ni se restringieron actividades al aire libre. Una mirada multidisciplinaria, basada en un equipo de científicos, con el acompañamiento de la población consciente, permitió una estrategia integral que incluya el cuidado de la salud y de la economía.

“La economía es salud y el buen estado sanitario te da una buena economía. Es un círculo virtuoso que se retroalimenta”. Esto lo dijo el ministro de Salud de Uruguay, Daniel Salinas, en una entrevista con Infobae. El funcionario se refirió a la salud y su estrecha relación con el bienestar físico, social y psicológico. En este sentido, el empleo es fundamental para la tranquilidad y la salud de la gente, por lo que este pequeño país de apenas 3.5 millones de habitantes se prepara para una fuerte inversión pública y privada que detone la generación de empleos para enfrentar la caída del 3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en 2020 que pronosticó el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Salvando las distancias, la visión uruguaya es interesante para repensar la relación entre economía y salud en el caso mexicano. Dentro de lo económico, no sólo debemos mencionar la pobreza que alcanza a la mitad de la población sino la enorme precariedad laboral, marcada por la informalidad, que hacen que 6 de cada 10 mexicanos tengan problemas de acceso al seguro social y a otras prestaciones. Para una gran parte de la población, la salud es un producto de lujo al que no se puede acceder fácilmente y al que sólo se le destinan recursos en forma reactiva, cuando llega alguna enfermedad. La pobreza y la precariedad convierten en muy vulnerables a millones de personas que no pueden refugiarse ante una pandemia ni pueden corregir hábitos nocivos para la salud, como la mala y la insuficiente alimentación.

En México, la inversión en salud es del 5.5 por ciento del PIB, muy por debajo del 9 por ciento promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esto deriva en que no se tengan las condiciones suficientes para atender a la población, sobre todo en casos críticos como una pandemia, además de que impide dar el gran salto de una salud reactiva que se desborda al tratar de atender enfermos, a una salud preventiva en la que se apuesta por curarse en salud antes que en el hospital.

Y a esto debemos sumarle el pilar fundamental de la educación, sin el cual no se puede tener una buena economía ni tampoco una buena salud. En la educación también hay inversión insuficiente, también hay precariedad y también hay cobertura insuficiente. Si miramos a Uruguay, tiene un mejor nivel en educación, una economía más sólida y tiene mejores resultados sanitarios. Hay que aprender a pensar en estos elementos como integrales y complementarios, y dejar de lado la visión de los compartimentos estancos.

Por Héctor Farina Ojeda