Ocotlán, Jalisco

Las remesas representan en este momento uno de los flujos de ingresos más importantes para la economía mexicana. Se trata de dinero fresco que entra a la economía nacional y que sirve para oxigenar a millones de familias. Para este año se esperan remesas por valor de 35 mil 640 millones de dólares, lo que representa un incremento de 5.3 por ciento frente al año 2018, cuando la cifra fue de 33 mil 470 millones de dólares, de acuerdo al reporte de BBVA México y la Comisión Nacional de Población (Conapo). En tanto para 2020 se espera un nuevo récord:37 mil 200 millones de dólares en remesas.

Los ingresos generados por las remesas se encuentran hoy por encima de los ingresos petroleros y del turismo. Se proyecta que este año las remesas representarán 2.8 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que para 2020 el porcentaje sería de 2.9 por ciento del PIB. Como podemos ver, la importancia del dinero que envían los paisanos radicados principalmente en Estados Unidos es altamente relevante en un contexto en el que la economía está estancada, los empleos no se están generando en las cantidades requeridas y los pronósticos de crecimiento apuntan a una situación difícil para este año y el siguiente.

Como la economía está estancada luego de una fase de desaceleración y en espera de la reactivación, el dinero que reciben las familias perceptoras sirve como oxígeno y contribuye a atender necesidades básicas. Es decir, los ingresos externos ayudan a compensar la carencia de dinamismo interno, por lo que muchas familias tienen cierto oxígeno y pueden desahogar sus necesidades pero esto no representa una solución. Mientras el mercado interno siga sin generar los empleos suficientes y mientras no se recupere el dinamismo propio, la dependencia de las remesas tenderá a crecer sin que ello signifique mejorías en los indicadores de pobreza o desigualdad.

Las remesas no son la panacea porque no resuelven problemas estructurales como la pobreza, la desigualdad o la generación de oportunidades. Si bien representan un ingreso distributivo, es decir que llegan a muchas personas y no se concentran en pocas manos, generalmente son destinadas a cuestiones de sobrevivencia. Ayudan a evitar que se profundice la pobreza en algunos casos, pero no deben tomarse como salvación ni como escape.

La cuestión de fondo es el aprovechamiento que se le puede dar a este flujo de dinero fresco. En el mejor de los casos, si la condiciones lo permiten, la inversión de recursos en la educación o en el impulso de emprendimientos podría fortalecer la economía de las familias en el mediano y largo plazo. En el peor de los casos, los recursos no cambiarán nada y así como vinieron se irán. En el caso más habitual, las remesas se usan para atender gastos básicos y no para inversión.

Las remesas están dándole un poco de aire a la economía mexicana. Pero no se puede depender de ellas porque no son eternas ni controlables: son oxígeno temporal externo. El gran reto es pasar de la recepción de ingresos a la construcción de oportunidades propias.

Por Héctor Claudio Farina