Ocotlán, Jalisco

El estancamiento de la economía mexicana no sólo significa que estamos ante un crecimiento cero sino que es una señal de alerta para el futuro: no sólo estamos ante la postergación de soluciones para problemas sociales arraigados, como la pobreza y la desigualdad, sino que la gran interrogante es cómo se reactivarán los motores del crecimiento. Hace unos días el director del Banco de México, Alejandro Díaz de León, dijo que además de la desaceleración y el estancamiento, la reactivación se verá demorada por los problemas de inseguridad que enfrenta el país.

Si ponemos esta situación en perspectiva, tenemos que el pronóstico de crecimiento para 2019 es de apenas 0.26 por ciento, según la encuesta a expertos que realiza mensualmente el Banco de México. En tanto, para 2020 el pronóstico de repunte es de 1.2 por ciento. Esto quiere decir que la economía crecerá por debajo del promedio de dos por ciento que se tuvo en las dos últimas décadas. Promedio que, por cierto, es totalmente insuficiente para una economía que tiene 53 millones de personas en la pobreza, que no crea empleos suficientes y que además posee los salarios más bajos de América Latina.

El problema de que la recuperación se demore es que implica un estancamiento en cualquier forma de mejoría: en tanto la economía no crezca no habrá disminución de los niveles de pobreza, no mejorarán las opciones laborales en el mercado ni habrá forma de que la distribución de ingresos sea más equitativa. De la recuperación no sólo dependen los grandes indicadores sino también los pequeños, también dependen los ingresos que usa el gobierno para los programas sociales, así como la posibilidad de que las micro, pequeñas y medianas empresas tengan mejores condiciones para invertir y crecer.

La sensación que se tiene es que la economía se fue frenando debido a postergaciones que tienen que ver con la confianza y la expectativa: se postergan las inversiones, el inicio de los grandes proyectos del gobierno, se posterga el consumo y con ello se estancan los motores internos, que son los más que necesitamos para emerger en un contexto internacional poco favorable.

Ante esta situación, tenemos que de los seis años que dura el gobierno, los primeros dos tendrán un crecimiento entre nulo y mínimo, lo cual hace que se vea muy lejana la promesa de crecer en promedio cuatro por ciento anual durante el sexenio. Hasta el momento, el gran problema radica en la falta de impulso de los motores internos, ya que la inversión se ha paralizado y con ello los sectores estratégicos, como el de la construcción, no están generando el dinamismo que se requiere.

Y aunque ya se adelantaron licitaciones y se espera invertir en infraestructura para incentivar el dinamismo, el movimiento todavía es muy lento. Lo mismo con las tasas de interés: bajaron un poco pero siguen sin bajar lo suficiente para impulsar a las pequeñas y medianas empresas. La cuestión no es si se reactivará la economía, sino cuándo y cómo. Cuanto más pronto, mejor para la gente.

Por Héctor Claudio Farina