Ocotlán, Jalisco

Una de las preocupaciones con las que me encontré en mi estancia en Lima fue la enorme desigualdad en la distribución de ingresos. Mientras la economía peruana tendrá un crecimiento estimado de 2.6 por ciento en 2019, la percepción de la gente en las calles es que la brecha de la desigualdad se sigue profundizando. En los últimos diez años el crecimiento promedio de Perú fue de 4.4 por ciento -esto es el doble que el promedio de la economía mexicana-, pero ello no ha significado una reducción de la diferencia de ingresos entre ricos y pobres.

Cuando le pregunté a los taxistas, los vendedores y los profesores universitarios sobre la economía peruana, todos coincidieron en que los números de crecimiento son buenos pero tienen preocupación porque la riqueza no llega a todos. Y esto se puede ver en una ciudad gigantesca como Lima en la que contrastan sus distritos exclusivos llenos de rascacielos y los extremos marginales de la ciudad en donde basta un vistazo para percibir la precariedad. Conviven los edificios modernos que representan a grandes corporativos y gente que pide una moneda en las calles. Pero no se trata sólo de Lima sino de una realidad generalizada en América Latina que es el subcontinente más desigual del mundo.

El malestar chileno, el país del modelo económico alabado durante años que ahora muestra las heridas de una desigualdad profunda, así como la crisis argentina, el conflicto boliviano pese a sus buenos resultados económicos y sociales, y la malograda economía venezolana son reflejos de graves problemas que no han podido resolverse y que afectan directamente a la gente. Más allá de la pobreza, hay grandes desigualdades, hay malestar, hay enojo y hay ideas contrapuestas en busca de soluciones.

La situación de nuestros países nos confronta con la necesidad de revisar las estrategias económicas y de buscar nuevos caminos para crecer y distribuir, para que el crecimiento no signifique bondad para unos pocos y castigo para muchos. El problema es complejo de resolver porque los que crecen a tasas importantes no han podido minimizar la desigualdad, en tanto los que casi no crecen tampoco tienen esperanzas de mejoría.

La pregunta de fondo es cuál es la manera de hacer que la economía crezca al mismo tiempo que se logra una mayor equidad distributiva. Si pensamos en los países con menor desigualdad y con mayores logros en estabilidad económica, los nórdicos son una buena referencia. Su gran secreto: invertir en educación. Las sociedades más educadas son las menos desiguales porque la educación nivela desde abajo. En tanto en tiempos de la economía del conocimiento, también hay mayor crecimiento cuando mejores son los niveles educativos.

Si hay algo que debemos atender en forma urgente es el problema de la desigualdad: necesitamos mejorar el alcance y la calidad de la educación, reforzar la inversión social y apostar por darle a la gente la posibilidad real de salir de la pobreza. Son tiempos difíciles y para enfrentarlos necesitamos soluciones reales y rápidas.

Por Héctor Claudio Farina