Ocotlán, Jalisco

“La certeza inmediata no se posesiona de lo verdadero, pues su verdad es lo universal; pero quiere captar el esto. La percepción, por el contrario, capta como universal lo que para ella es lo que es. Y siendo la universalidad su principio en general, lo son también los momentos que de un modo inmediato se distinguen en ella: el yo es un universal y lo es el objeto”, del libro “Fenomenología del Espíritu”, de Georg W. F. Hegel (1770-1831), filósofo alemán. 

La búsqueda de ideales es patrimonio de todos. Ellos representan a lo universal, a lo general, a lo propiamente humano. La humanidad fluye en las aspiraciones del hombre. La percepción del presente debe centrarse en la concreción de experiencias que avalen los principios del bien. Lo que es hay que descubrirlo, sino no es. No está. No existe. Hay tantos matices de lo que sucede, que pueden desconcertar a cualquiera que no esté preparado para interpretar la vorágine del movimiento social. ¿Dónde está la verdad?, ¿se la puede enmarcar, descifrar con precisión?, ¿de qué verdad se quiere hablar? Su abstracción tiene su clave a tierra en la vida de cada ser humano, de cada grupo, de cada sociedad. Sus respuestas también viven en ellos. 

El ideario colectivo debe aparecer en todo momento. Aquello que le haga bien a la naturaleza humana puede ser la gran bandera. Hay bienes que son propios de todo ser humano, un niño bien alimentado lo es. Un libro que genera un imaginario fantástico en un adolescente lo es. Un juego que permita crecer lo es. Un diálogo admirando la palabra del otro lo es. Un alimento que puede ser compartido lo es. Lo inmediato puede ser utilizado para distinguir lo bello. De ahí la necesidad de valorar la posibilidad de ver los colores y sus derivaciones. Hay gamas que sólo las flores pueden dar. ¡Cuánta belleza junto y con  nosotros!, y eso también lo es. 

Lo que puede parecer ingenuidad, también lo es. Nada más auténtico que el ingenuo, porque carece de malicia, eso es. En los seres ingenuos se apoyan los grupos sociales líderes. Ellos mientras más experiencias tienen, más candidez transmiten al actuar; y eso genera una gran influencia en su medioambiente. A las personas ingenuas se las estima porque no tienen una doble faceta y esa cualidad del carácter los hace fuertes y enteros. 

La ingenuidad no es compatible con la mala fe y ante ésta se manifiesta con firmeza. Lo que es lo viven como tal y lo sienten y no se permiten desvirtuarlo, transfigurarlo, minimizarlo o subestimarlo. Es y actúan conforme a eso. La certeza de los hechos es un indicador que hay que observar, ¿por qué tanta gente se deja engañar?, o quizás no sepa que está viviendo un engaño. Ante esto último, su ingenuidad no debe mal interpretarse e incluso debe sostenerse como virtud, lo que no implica que pueda hacer uso de su natural inteligencia para correr el velo de aquello que no es y se presenta como que es. La educación permite el desarrollo de la ingenuidad y de la inteligencia. Es por ello que la esencia de toda vida social se ampara en la formación de su gente. Es una verdad universal el derecho a la educación. Lo escrito está, lo que se vive también está, hay que priorizar el fomento del valor del conocimiento. Un niño formándose es una sociedad formándose. Todas las niñas en la escuela es una sociedad escuela. 

Esto es lo que pasa, y pasa ahora. Captar el esto, como dice Hegel, y eso necesita inteligencia. Necesita buena visión, una capacidad de acción y de reacción al mismo tiempo. Una inagotable fuente de ingenuidad que no se contamine de aguas turbias, de maliciosas argumentaciones. Acción y reacción, pero ambas pensadas como respuesta ante el esto que no favorece a una persona, o a un grupo de personas o a un sector determinado. 

Por Marcelo Pedroza