Ocotlán, Jalisco

“El verdadero espejo de nuestras razones es el transcurso de nuestras vidas”, nos enseña en su obra “Ensayos”, Michel de Montaigne (1533-1592), escritor francés. Sus palabras parten de su mirada interior, de su constante atención hacia lo que él mismo vive en cada circunstancia. Montaigne recrea su destino cotidiano, vive intensamente lo que representa su propio yo. La aceptación de ese yo alimenta la autenticidad de su presencia. 

Asumirse conscientemente requiere de una voluntad abierta y dispuesta a la estima y a la potencia del ser viviente. El espejo está adentro, es el que permite la aprehensión generalizada del yo. 

Identificamos al espejo como una superficie de cristal, que tiene sus propias características y que a través del mismo se reflejan la luz y las imágenes de los objetos que hay delante. La fragilidad y la belleza del cristal están unidas. 

Dada su inmensidad todos los cristales son visibles. Yacen en la conciencia y se exteriorizan indefectiblemente, se muestran como lo que son. Retratan la imagen existente, lo que hay se hace presente. La sincronía del instante se repite todas las veces que su presencia vive el momento. 

El espejo ayuda a ver lo que hay que ver aunque incluso frente a él se pueda derivar la mirada hacia un punto del contexto total, sin contemplar su alcance general. Se puede ver lo que se quiere ver y con eso calmar la insistente aparición de los demás aspectos, que llaman la atención y que piden su debida observación. 

Puede resultar sencillo estar frente a un espejo, como puede ser una misión no deseada y por lo tanto difícil de digerir. Los espejos pueden ser las mejores muestras de la realidad. Detenerse en el espejo interior también puede acarrear una u otra resultante. Aprender a observar íntegramente al espejo requiere de una voluntad dispuesta a reaprender constantemente.

Por Marcelo Pedroza