Por Luz Atilano

El día Internacional de la Mujer, institucionalizado por la ONU desde 1975 como el 8 de marzo, fue establecido en memoria de un grupo de mujeres socialistas de la clase trabajadora que en dicha fecha de 1857 salió a protestar a las calles de Nueva York para denunciar sus míseras condiciones laborales en una fábrica textil.

Desde entonces, y tras el surgimiento de protestas similares en todo el mundo, el día “conmemora la lucha de las mujeres por su participación en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona”. No obstante, en la actualidad ha sido tomado por el sistema capitalista al grado de convertirlo en un día festivo, tal como lo comparte la activista social y feminista Yan María Yaoyoloth, quien además afirma: sin avances sustanciales, no hay nada para festejar.

«Lo retomó el sistema capitalista y lo ha convertido en un día festivo, pero en realidad no tenemos nada que festejar las mujeres porque no hemos tenido realmente avances sustanciales en relación a las demandas que hemos planteado toda la vida. Entonces, es un día que nosotras llamamos de lucha y de protesta y no de festejo. […] Y pues no hay nada que decir más que la situación de las mujeres obreras, campesinas, indígenas, migrantes, desplazadas, desempleadas es cada vez peor… Entonces el hecho de que un pequeño grupo de mujeres se ha empoderado y ha logrado acceder a ciertas esferas del poder, eso no significa que la inmensa mayoría de las mujeres se encuentren en una situación positiva o cómoda».

Prueba del poco o nulo avance en este sentido es la omisión no sólo en la conmemoración del día, sino además en las agendas públicas, de temas como la violencia hacia las mujeres y los feminicidios. De acuerdo con la especialista, se omite hablar de ellos precisamente porque se trata de un fenómeno propio de una sociedad injusta, una forma de control social y patriarcal.

Tan sólo como un esbozo del panorama nacional en cuanto a este asunto, datos del INEGI reportan que, en promedio, en los últimos diez años murió una mujer niña, joven o adulta cada cuatro horas; pues de 2007 a 2016, la impactante cifra rondaba en 22 mil 500 mujeres asesinadas en las 32 entidades del país; mientras que 2017 cerró con 844 casos. Una situación de la que no es ajena Jalisco, con 32 muertes tipificadas como feminicidios por el Semáforo Delictivo, de enero de 2017 a enero de 2018, una de ellas ocurrida en Lagos de Moreno en noviembre pasado.

El caso de este municipio es también otro ejemplo, donde, desde el primero de enero de 2017 a la fecha, el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses realizó 19 autopsias a mujeres, de las cuales ninguna fue reconocida siquiera como homicidio, pese a encontrarse entre sus causas estrangulaciones y muertes por arma de fuego.

Y es que, en todos los niveles las cifras son en sí muy imprecisas, pues no todos los asesinatos a mujeres son investigados como feminicidios. De acuerdo con una investigación del periodista Marcos Muedano, publicada en el periódico Excelsior, “no hay registros que permitan dimensionar los asesinatos que se comenten en el país, ya que las autoridades no reportan los homicidios o, incluso llegan a consignar las muertes como no intencionales o suicidios” (http://www.excelsior.com.mx/nacional/2017/10/22/1196308).

Dicha investigación revela otros datos alarmantes: por un lado, cerca del 40% de los asesinatos a mujeres son cometidos por sus esposos, parejas sentimentales o familiares directos; del otro, “la falta de investigación no permite conocer cuántas personas fueron sentenciadas por los crímenes o, incluso, cuántas fueron puestas en libertad ante la falta de elementos”.

Lo que, afirma Yan María Yaoyoloth, permite ver el fenómeno del feminicidio como un problema estructural:

«El feminicidio no es un fenómeno casual, ocasional o extraordinario. Al contrario, el feminicidio se está volviendo cada día más un fenómeno de la vida cotidiana de las mujeres. Es un problema estructural y se debe tratar como un problema estructural, no se puede tratar como un fenómeno raro, ocasional… que ocurre en Ciudad Juárez o Chimalhuacán Estado de México, que son digamos dos zonas donde en el feminicidio las cifras son pavorosas».

Para la activista social, esta visión del feminicidio continúa demostrando la ineficacia de políticas públicas como la Alerta de género, cuyos resultados no han disminuido el número de asesinatos de mujeres. Desde su perspectiva, no se trata más que de un “teatro perverso montado por el gobierno federal para aparentar que se mueve para evitar los feminicidios”.

En definitiva, como resume Yesenia Peña Sánchez, también especialista en temas de género, el Día Internacional de la Mujer es un día para conmemorar la lucha y para conmemorar la muerte, un día para repensar las formas de socialización a fin de evitar la violencia hacia las mujeres:

«Más que un festejo, es un recordatorio de una realidad de la lucha por los derechos civiles. Y hay una violencia estructural y simbólica que sigue hoy en día vigente. […] Recordar que el 8 de marzo es un día para conmemorar la lucha, es un día para conmemorar la muerte también. Y es un día que nos obliga a nosotros a pensar en esa violencia estructural que llevó a la muerte de estas mujeres, pero también a ver con nuevos ojos las posibilidades de romper con estereotipos y también de incentivar la posibilidad de nuevas formas de socialización, de interacción genérica… y que urge, urge por las formas de violencia, que cada vez son más crueles hacia la mujer. Esto, no solamente es para nosotras, sino que se tiene que expandir hacia los ámbitos de educación masculina y femenina, generar juntos unas nuevas maneras de ser y andar en el mundo».