Por Andrea Prado

Por lo menos hacia la Edad Media, y a pesar de las discusiones previas, 40 días sería el periodo asignado para la duración de la Cuaresma. Desde el inicio en esta temporada quedaron prohibidos los lácteos o las carnes, incluso los domingos y durante los días de ayuno sólo se hacía una comida al día y ésta no podía realizarse antes de que oscureciera.

Sin embargo, como lo apunta el doctor Juan Pio Martínez, en una época temprana el historiador Sócrates apuntaba que  la práctica de romper el ayuno era tolerada hacia la hora de nona, es decir hacia las tres de la tarde.

«Sabemos en particular que Carlo Magno alrededor del año 800 tomaba su refacción cuaresmal a las dos de la tarde, este gradual adelanto de la hora de cenar se facilitó por el hecho de que las horas canónicas de nona más que representar puntos fijos de tiempo, representaban espacios de tiempo, la hora novena o nona estrictamente significaba las tres de la tarde, pero el oficio de nona podía ser recitado a la misma hora de sexta, que lógicamente correspondía a la hora de sexta al medio día. De tal modo se llegó a pensar que la hora nona empezaba al medio día; de ese modo, si bien el autor Micrologus del siglo XI, aun afirmaba que quienes tomaran alimentos antes del anochecer no ayunaban de acuerdo a los cánones, ya para inicios del siglo XIII algunos teólogos como el franciscano Richard Middleton, quien basa su decisión en la usanza de su tiempo, afirma que aquel hombre que cene va medio día no rompe el ayuno cuaresmal”.

La introducción de la llamada colación sería la causante de que el ayuno cuaresmal se tomara de manera más relajada

«Esta parece haber comenzado en el siglo IX cuando el concilio de Aex lachappel autorizó la concesión aun para los monasterios, de un trago de agua u otra bebida al atardecer para aquellos que estuviesen fatigados por el trabajo manual del día. De este pequeño inicio se desarrolló una mayor indulgencia, el principio de las parvitas materiae, o sea, que una cantidad pequeña de alimento no rompe el ayuno mientras no sea tomada como parte de una comida, fue adoptado por Santo Tomás de Aquino y otros teólogos. A lo largo de los siglos se reconoció con una cantidad fija de comida sólida menor de seis onzas, podía ser tomada después de la bebida del medio día, puesto que esa bebida vespertina cuando se comenzó a tolerar en los monasterios del siglo nueve, se tomaba a la hora en que se leían en voz alta las colaciones o conferencias de la barca aciano a los hermanos. Esta pequeña indulgencia llegó a ser conocida como colación y así se ha llamado desde entonces».

En la entrega pasada sobre el ayuno, el doctor Juan Pio Martínez daba lectura a las descripciones de  Jean Anthelme Brillat- Savarin, un jurista francés quien en 1825 publicaría su libro más famoso, La fisiología del gusto, en él describiría entre otras cosas, las prácticas culinarias de su época; y en ese mismo apartado hablaría de lo que para él fue el inicio de la relajación, ya en el siglo XIX.

«He presenciado el nacimiento de la relajación respecto a ayunos, para los jóvenes hasta cierta edad no era obligatorio el ayuno y las mujeres embarazadas o que se figuraban estarlo quedaban eximidas comiendo carne y cenando; después observaban las personas mayores que el ayuno irritaba, que producía dolor de cabeza y que impedía dormir; enseguida se culpaba al ayuno de todas las indisposiciones leves que el hombre padece en la primavera, de manera que unos no ayunaban porque se creían enfermos, otros porque lo habían estado y algunos por temor a indisponerse. Resultando de todo que cada día se observaban menos ayunos y colaciones; al propio tiempo muchos jefes de familia se quejaban del aumento de gastos ocasionados por la comida de pescado, algunos manifestaban que no era agradable a Dios que se perjudicase la salud y por último para añadir a la gente falta de fe que no se ganaba el cielo pasando hambre».

No obstante, continuaba Savarin, se reconocía que el ayuno era obligatorio y casi siempre se les solicitaba licencia a los sacerdotes, quienes a su vez pedían una limosna  para remplazar las abstinencias. Con lo anterior, como lo señala el doctor Juan Pio, podemos apreciar a grandes rasgos la manera en la que el ayuno se volvió un tanto relajado, incluso desde los tiempos mismos en los que apenas la Cuaresma comenzaba a instituirse.