La ciudad estadounidense de San Bernardino está acostumbrada a la violencia callejera, pero este miércoles se convirtió en una auténtica zona de guerra después de que un tiroteo acabara con la vida de 14 personas y dejara otras 17 heridas.

“Estaba en la gasolinera cuando oí al menos una docena de disparos. La policía comenzó a llegar de todas partes”, explica Paul George, de 28 años, que trabaja en un centro para adolescentes.

En un primer momento, no se asustó. “Estoy acostumbrado. Hay mucho violencia, día y noche”, asegura.

Pero enseguida se dio cuenta de que se trataba de otra cosa. 

San Bernardino, que acaparó titulares en 2012 por declararse en quiebra como consecuencia de la crisis económica mundial, nunca había vivido hasta ahora un día tan negro. 

A apenas un centenar de metros del lugar de los hechos, Cindy Bachman no puede salir del estado de shock. 

“Llevo 26 años trabajando en la policía del condado (de San Bernardino) y nunca he visto nada igual”, dice a la AFP esta portavoz policial.

La pesadilla comenzó a las 11H00 locales (18H00 GMT) en el Centro Regional Inland, un centro médico especializado en atender a pacientes con discapacidades mentales. 

Las imágenes de televisión mostraron a los heridos, totalmente desencajados por el miedo, siendo asistidos en las veredas. Muchos rompieron su ropa para recibir las primeras curas médicas, otros salieron de la masacre sin zapatos.

– “Esta noche podré abrazar a mi hija” –

Olivia Navarro recibió una llamada de su hija Jamile, empleada en esta institución situada en una zona industrial, no muy lejos de la autopista.

“Me dijo: ‘Hay asaltantes en el edificio. Nos vamos a esconder en una habitación, cerrar la puerta y apagar las luces”, relata esta mujer de 63 años. 

En cuestión de segundos se plantó frente al centro para esperar respuestas, pero durante una interminable hora no supo nada de su hija. 

Finalmente le llegó un mensaje de texto que confirmaba que Jamile había sido evacuada y que se encontraba sana y salva en el campo de golf situado frente al centro Inland.

“Esta noche podré abrazar a mi hija, pero siento mucha pena por las familias que han perdido a un ser querido”, afirma con la voz quebrada por la emoción.

Mientras se seca las lágrimas, dos mujeres se toman de las manos y rezan en voz alta. Al mismo tiempo, varios evacuados suben a un autobús con las caras pálidas.

– A la caza de los sospechosos-

Horas después del tiroteo, decenas de policías siguen vigilando el centro para discapacitados.

No muy lejos, las autoridades se enfrentan a tiros con dos de los sospechosos, que terminan abatidos. Una tercera persona es detenida, pero todavía se desconoce si participó en los hechos.

“Atrás, atrás”, gritan los agentes a los reporteros que, alertados por los disparos, quieren ver qué ocurre.

El senador republicano Jeff Stone, que observa la escena cerca del Inland Regional Center, se cuestiona si lo que sucedió es “terrorismo doméstico” y destaca que los sospechosos “parecían bien organizados”.

Interrogado acerca del interés por reglamentar mejor el acceso a las armas dada la multiplicación de masacres en Estados Unidos, se contentó con decir que la Constitución estadounidense garantiza “el derecho a portar armas”. 

“Si le prohibimos a todo el mundo el derecho a portarlas, solo los criminales podrán procurar armas de fuego”, concluye. 

 

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