Lima, Perú.

En las bulliciosas calles de Lima, Perú, miles de madres trabajan como vendedoras ambulantes para llevar el sustento diario a sus familias, reflejo de una realidad en el país cuya economía se sustenta en un 70 por ciento en la informalidad.

Un ejemplo es Alejandra Avalos, una madre con tres hijos que trabaja desde hace 23 años vendiendo cédulas de notificación judicial a pocos metros de un edificio atiborrado de juzgados.

“Aquí vendo cédulas de notificación para el poder judicial; todos estos papeles que ellos necesitan”, expresó a Xinhua Alejandra, haciendo una pausa de su agotador trabajo.

Al preguntarle qué significa para ella el Día de la Madre, que en Perú se celebra el segundo domingo de mayo, Alejandra pone su semblante triste, pues para ella es un día normal, donde tiene que trabajar, pues desde que se murió su esposo, ella es el sostén de la familia.

“Es un día cualquiera, la verdad que ahora, como todo se ha vuelto comercial, no es por el amor de una madre”, expresó tratando de mostrar firmeza.

La vendedora de cédulas, como es conocida Alejandra en la calle llena de bullicio, gritos de vendedores de frutas y el rugido de los motores de los autos, hace una reflexión sobre el significado del Día de la Madre.

“Creo que a la madre no se le puede querer solo por un día, sino todo el año”, expresó.

Ella sabe que los papeles que vende contribuyen a agilizar los trámites judiciales de los abogados y de las personas litigantes en los juzgados, donde se ventilan casos de disputas familiares y divorcios, hasta graves crímenes.

“Con este trabajo he logrado educar a mis tres hijos, tengo dos hijos profesionales. Una es contadora y la otra administradora de empresas”, presumió.

Alejandra, que ya ronda los 60 años de edad, cuenta con nostalgia que llegó a la capital peruana a los 17 años desde la lejana región de Cerro de Pasco, una zona minera con altos índices de pobreza, empujada por el anhelo de superación.

Otra madre, Aleja Poccori Farfán, es una mujer de edad adulta que vive en la cercana ciudad portuaria de Callao, a unas dos horas de viaje al oeste de esta capital.

Ella es una educadora, con más de 31 años de servicio en escuelas públicas de este país, y educó a cientos de alumnos que ahora son padres de familia y ciudadanos de provecho.

“A mí me da mucha satisfacción porque tengo promociones de estudiantes que ahora son profesionales y me dicen que gracias a la educación se han superado”, subrayó.

La encontramos en la céntrica Avenida Abancay, ayudando a otra madre, que vende flores en las calles. Carga las bolsas de flores de su amiga, sin ningún interés ni recompensa, porque considera que primero debe estar presente la solidaridad.

   “Estas son flores artificiales, pero lo que significa es el amor puro, que se entrega en un regalo, no solamente con lo material, sino con lo espiritual”, afirmó.

Poccori exhortó a todos los seres humanos, sin distinción de raza y nacionalidad, a practicar la solidaridad, porque este valor puede contribuir a edificar mejores seres humanos en el mundo.

En las calles limeñas también nos encontramos a Margot Yolanda Ccorisoncco, quien vive en el distrito más antiguo de Lima, El Rímac, donde aún existen casas coloniales y donde se encuentra la primera Plaza de Toros de Las Américas, aún funcionando.

Ccorisoncco trabaja todo el día vendiendo bolsas por las calles atestadas del Mercado Central, ubicado a pocas cuadras de la céntrica Avenida Abancay, y famosa por sus vendedores de ropa, adornos para casas, electrodomésticos, flores y todo tipo de mercancías.

“En campaña de El Día de la Madre salgo de mi casa a las 6:00 de la mañana. Llego aquí a las 8:00 de la mañana, a más tardar, y trabajo hasta las 10:00 de la noche”, sostuvo.

No todos los días son buenos para esta mujer, hay días en que regresa a casa sin ganar nada, pero otros días, los fines de semana, se mueven mejor las ventas y logra ganar algunas monedas.

“La venta, a veces, va bien como va mal, hay caseritos (clientes) que buscan bolsas baratas y otros quieren más caras”, explicó.

Ella nació en la lejana provincia de Andahuaylas, ubicada en la región surandina de Apurímac, a dos días de viaje en autobús, y desde hace más de dos décadas vive con su hijo y su madre en esta ciudad.

“Tengo un hijo joven de 21 años y mi mamita que tiene 87 años. Sobre todo, trabajo para sustentarla a ella, porque mi hijo trabaja para él”, explicó.

Se queja con mucha razón de las persecuciones de los agentes municipales, porque no quieren que realicen ventas ambulatorias en la ciudad.

“A veces molesta el tráfico, los serenazgos (policía municipal) y los fiscalizadores. La otra vez uno de los fiscalizadores me estaba apurando para que me fuera a otro lugar a vender y perdí 10 soles (tres dólares)”.

Esta madre, que para el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) es sólo un número en los índices de la pobreza en este país, tiene cinco hermanos, pero ella es la única que se hace cargo de su madre.

Según el INEI, en Perú la pobreza afecta al 21,7 por ciento de los 31 millones de peruanos, lo que equivale a 6,9 millones de ciudadanos de este país, donde la población femenina representa el 50,3 por ciento.