Washington, Estados Unidos

Jeff Sessions muestra una aparente sencillez tranquilizadora, por su temperamento pausado y su cabello blanco bien peinado, pero este exsenador ultra-conservador muy cercano a Donald Trump, que lo puso al frente del Departamento de Justicia, es un estratega radical que no cede ante la tormenta.

Cuando ambos comparecen juntos, proyectan una imagen llena de contrastes.

Trump es más bien corpulento y adepto de la retórica explosiva. Sessions es pequeño y delicado, con voz dulce y palabras medidas.

Sus orígenes también son opuestos. Mientras el presidente es un multimillonario nacido en la cosmopolita Nueva York, el titular de Justicia proviene del sur del país, donde su padre tenía una tienda con una clientela rural.

A uno se le reprocha sus gustos caros, del otro se burlan por su vida austera.

Trump se ha jactado de sus conquistas femeninas y de haberse casado tres veces, una con una actriz y dos con exmodelos. Su fiel secretario celebrará pronto sus bodas de oro con una discreta maestra, muy comprometida con las actividades de su iglesia.

– Visión compartida –

Pero entre ambos, de 70 años, existe un punto en común crucial, a pesar de que hace quince meses pocos les auguraban un futuro político brillante.

Trump era un magnate de los negocios que hizo fortuna en el sector inmobiliario, con un potente perfil televisivo. Sessions era senador del pequeño estado de Alabama y un dirigente secundario del Partido Republicano.

Ambos sellaron una alianza anti-establishment y unieron sus ambiciones para llegar a Washington.

Comparten la visión de que el país está socavado por la inmigración clandestina, los trabajadores blancos son injustamente apartados, los valores cristianos ya no son respetados y el orden público sacrificado por una indulgencia general.

Pero Sessions debe ahora afrontar la tormenta provocada por sus encuentros el año pasado con el embajador ruso en Washington.

El secretario de Justicia ha asegurado que se apartará –“cuando sea adecuado”– de la investigación en curso sobre los vínculos de los miembros de la campaña de Trump con Rusia durante las presidenciales.

El mandatario dijo a la prensa el jueves, durante una visita a un portaaviones en el estado de Virginia, que “no estaba al tanto” de que Sessions mantuvo reuniones en su despacho con el embajador ruso en Washington, Sergey Kislyak, en medio de la campaña electoral. Al ser consultado si mantenía confianza en Sessions, Trump respondió: “Total”.

Trump sabe que sería un golpe muy duro perder a su mano derecha.

– Un nombre con historia –

Jefferson Beauregard Sessions III fue bautizado con el nombre de su padre y de su abuelo, este último llamado así en homenaje a Jefferson Davis, el presidente de los estados confederados del sur durante la guerra de Secesión.

Nació en Selma, la ciudad conocida por la represión policial contra manifestantes pacíficos durante una marcha a favor de los derechos civiles en la época de la segregación racial.

Sus detractores afirman que este antiguo “scout”, licenciado en Derecho por la Universidad de Alabama, representa la herencia racista, además de que está a favor de la pena de muerte y en contra del aborto.

Unos comentarios muy polémicos que hizo en los años 80 le han perseguido toda su carrera, aunque no impidieron que fuera confirmado como fiscal general en febrero por una Senado de mayoría republicana.

Cuando era fiscal general de Alabama en 1986, reprochó a un abogado blanco humillar a su raza por defender a clientes negros. Aparentemente también llamó “boy” (chico) a un fiscal negro, una palabra con una connotación muy racista en Estados Unidos.

– Gran influencia –

Sessions negó haber usado este término durante una audiencia ese mismo año ante el Senado, que analizaba su candidatura al cargo de juez federal, aunque luego lo admitió.

Su nominación fue denegada inesperadamente, aunque no impidió que más tarde fuera elegido y reelecto como senador con un programa conservador, en el que reiteraba su posición en la guerra contra las drogas.

Está convencido de que, cuanto más altas sean las penas de cárcel, menos criminalidad habrá, una idea que ha sido puesta en duda en los últimos años.

Desde su puesto al frente del Departamento de Justicia, supervisa las actividades del FBI, los fiscales federales, la Agencia sobre Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF, por su sigla en inglés), el sistema penitenciario, el Cuerpo de Alguaciles (USMS) y la agencia antidrogas DEA.

Los analistas aseguran además que ha influenciado la controvertida política anti-inmigración de Trump.

Urban beat

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