Un año después de la tragedia del vueloGermanwings, que fue estrellado deliberadamente por su copiloto el 24 de marzo de 2015, cientos de personas se congregarán el próximo jueves cerca del lugar de la tragedia, en los Alpes franceses, para recordar a las víctimas.

Delante del monolito de piedra situado en las afueras de Le Vernet (Francia), una localidad cercana al lugar del impacto, se celebrará una ceremonia en la que se leerán los nombres de las 149 víctimas y se guardará un minuto de silencio.

La ceremonia tendrá lugar justo a las 10H41, hora del impacto. Están previstos discursos de familiares y después los participantes se dirigirán al cementerio del pueblo para dejar una ofrenda floral. 

En ese lugar, varios meses después de la tragedia, fueron enterrados los restos sin identificar. La última inhumación fue el pasado 17 de marzo. 

Los cuerpos que si pudieron ser identificados fueron devueltos a sus familiares una semana después de la catástrofe. 

La ceremonia fue organizada por la compañía aérea Lufthansa, que reservó un área restringida para las familias, con el objetivo de que la conmemoración transcurra en la intimidad, lejos de la prensa. 

También está prevista una caminata hasta el lugar del impacto, ubicado a 1.500 metros de altura, ese día y también el viernes 25. 

En la víspera de la ceremonia, las familias se reunirán en Marsella para una ceremonia en la que no están previstos discursos y que también transcurrirá lejos de la prensa. 

No habrá ningún jefe de Estado en la ceremonia. 

– El secreto médico –

En Barcelona, la ciudad de donde salió el vuelo, y en Düsseldorf, la ciudad de destino a donde nunca llegó, se inaugurarán placas conmemorativas. 

En la catástrofe murieron 144 pasajeros y seis miembros de la tripulación, incluido el copiloto Andreas Lubitz. 

Las víctimas eran originarias de 19 países, entre ellas 72 alemanes y 50 españoles. La catástrofe generó interrogantes inéditos en materia de seguridad aérea. 

La investigación judicial en Francia, que sigue en curso, y las indagaciones de la oficina de investigación y análisis para la seguridad de aviación civil (BEA, por sus siglas en francés) apuntaron rápidamente hacia el copiloto del vuelo GWI18G.

Encerrado en la cabina, que tiene un sistema para impedir que se abra desde fuera, Lubitz se negó dejar pasar al piloto, pese a las reiteradas demandas del resto de la tripulación y “los golpes a la puerta” por parte de ésta.

Después programó intencionadamente el piloto automático para hacer descender el avión, media hora después del despegue. Diez minutos más tarde, el aparato se estrelló contra un macizo de los Alpes. 

En las semanas siguientes, hasta 1.696 personas se movilizaron para buscar las cajas negras, los restos humanos y lo que quedó del aparato. Los trabajos de limpieza de la zona del impacto duraron siete meses.

Lubitz parecía depresión. Quince días antes de la catástrofe un médico privado le había diagnosticado una posible “psicosis” y le recomendó ser tratado en un hospital psiquiátrico. Sin embargo, el secreto médico impidió que las autoridades aéreas fueran informadas. 

Casi un año más tarde, el 13 de marzo, la BEA recomendó en su informe definitivo romper el secreto médico en caso que un piloto sufra problemas psicológicos.  

Equipo Editorial
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