fulani
Fotografía: Luis Tato - AFP
Sokoto, Nigeria.

Sentado, con los ojos cerrados y las palmas de las manos hacia el cielo, Saido Bello medita a los pies de una imponente tumba de mármol cubierta de terciopelo azul, en Sokoto, la vieja ciudad del norte de Nigeria, donde descansan los restos de Usman Dan Fodio, uno de los grandes nombres del islam africano.

“Rezo a Alá para que me dé la misma fuerza que al Shehu [Dan Fodio]”, explica el visitante, un comerciante de 29 años. “Cada vez que dudo, vengo aquí para que él me ayude a tomar la buena decisión”.

En la penumbra de la habitación, una decena de peregrinos recetan sus oraciones en murmullos, manipulando sus rosarios de perlas de nácar con devoción. En Nigeria y en toda África Occidental, muchos musulmanes consideran un santo a Usman Dan Fodio.

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Fotografía: Luis TATO – AFP

En 1804, este fulani erudito y reformista declaró la guerra santa contra unos soberanos tiránicos. Defendió el respeto de un “islam puro” y lanzó una insurrección que, en 1808, condujo al establecimiento del califato de Sokoto.

Este Estado Islámico próspero, en aquel entonces el más grande de África, se extendió del actual Burkina Faso a Camerún, hasta el derrocamiento del último califa, abatido por los británicos en 1903. En aquel momento, se necesitaban cuatro meses para atravesar de este a oeste el califato.

Dan Fodio, un líder político carismático, inspiró durante todo el siglo XIX las yihad fulani de África Occidental: la de Seku Amadu, fundador del imperio Macina, o la de El Hadj Umar Tall, fundador del imperio Tukulor.

Entre la marabunta de peregrinos, algunos vienen desde puntos tan lejanos como Senegal, cargados de ofrendas. No todos han leído la obra del “Shehu”, que escribió decenas de tratados religiosos y poemas, en hausa, árabe y fula.

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Fotografía: Luis Tato – AFP

Muchos de estos fieles son pastores fulani que no saben leer. Pero los imanes y los maestros de las madrasas, las escuelas coránicas, se lo enseñaron. “Él unificó los antiguos reinos hausas” que no dejaban de enfrentarse, y “combatió las injusticias sociales y los privilegios indebidos”, cuenta a la AFP el profesor Sambo Wali Junaidu, primer consejero del actual Sultán de Sokoto.

Descendiente directo del primer califa y 20º detentor del título, Muhammadu Sa’ad Abubakar III es, aún hoy, el más alto dignatario musulmán del país.

Pero en un país devastado por la violencia intercomunitaria, esta lectura histórica de un Dan Fodio “pacificador” dista mucho de generar unanimidad. Un ciclo de enfrentamientos y de represalias opone, con una intensidad creciente desde hace tres años, a los ganaderos fulani musulmanes y a los agricultores cristianos en Nigeria.

Este conflicto por el acceso a la tierra y al agua, en el país más poblado del continente (casi 200 millones de habitantes) afecta en particular a las regiones fértiles del centro, que se han convertido en un objeto de disputa que ha reavivado viejos rencores étnicos y religiosos.

– Esclavitud y redadas –

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Fotografía: Luis Tato – AFP

Los límites del califato de Sokoto se encontraban en el Middle Belt, donde se funden el Norte -mayoritariamente musulmán- y el Sur, predominantemente cristiano. En esas mismas regiones, habitadas por multitud de pueblos animistas, los soldados del califato efectuaban redadas y expediciones para capturar esclavos.

Estos últimos eran enviados a las plantaciones, las minas de sal o la industria del hierro, fuentes de riqueza del califato. Toda una economía basada en el trabajo servil. Hay testimonios de mercaderes de la época que dan una idea del alcance del fenómeno: en la gran ciudad comercial de Kano, hacia 1824, por cada hombre libre había unos 30 esclavos.

“Esta historia dejó un trauma profundo entre las poblaciones autóctonas que se encontraban en la zona de influencia de los imperios islámicos precoloniales”, muchas de las cuales se convirtieron al cristianismo, explica Alioune Ndiaye, profesor en la universidad de Sherbrooke, en Canadá, y especialista en Nigeria. “Entre las poblaciones del Sur, todavía existe el miedo de que los del Norte vengan a ‘mojar el Corán hasta en el océano’, por utilizar una expresión sagrada”.

De hecho, con cada nuevo episodio de violencia, la prensa nigeriana -cuyos tres principales diarios pertenecen a magnates sureños- no duda en comparar a los ganaderos fulani con “terroristas”. Así, evoca un “complot fulani” que tendría por objetivo terminar el cometido de Dan Fodio de islamizar Nigeria.

Tras la reelección, en 2015, del presidente Muhammadu Buhari, un fulani musulmán del norte, para un segundo mandato, su estigmatización empeoró aún más.

Su demora a la hora de condenar masacres, la incapacidad de las fuerzas de seguridad para proteger a la población y el hecho de que nombrara principalmente a hausas o fulanis para los puestos clave del ejército y de la policía, atizaron las frustraciones.

Pero Ibrahim Abdullahi, que representa al sindicato de ganaderos de Kaduna (norte), considera que la idea de una “yihad fulani” moderna no es más que una “fantasía pura” y un elemento de instrumentalización política.

“La mayoría de los ganaderos fulani son pobres, no tienen acceso a la educación y nadie defiende su voz, ni siquiera en la élite en el poder. Es fácil hacerlos responsables de todo lo que va mal en el país”, señala.