Ríos de gente desembocaban en el acceso principal del Autódromo Hermanos Rodríguez. Faltaba poco tiempo para que el Gran Premio de México volviera a correrse después de 23 años de espera. Boleto en mano, decenas de personas avanzaban e ignoraban una débil voz que se alcanzaba a percibir.

“Cambio mi teléfono por un boleto”, decía con tono suplicante un hombre humilde al paso de los espectadores que llegaban al recinto automovilístico alistándose para el gran espectáculo.

“Quiero entrar, por favor”, volvía a suplicar este hombre de un metro y medio de estatura que se perdía entre la multitud. Casi nadie le miraba.

El máximo evento deportivo del año en México estaba por comenzar. Los boletos escaseaban. Ni siquiera había revendedores como en otros eventos.

“Un boleto, por favor”, decía cada vez más desesperado Miguel Ángel quien llegó desde las cinco de la mañana a la entrada del lugar a negociar su maltratado teléfono, procedente de Naucalpan, un municipio conurbado de la Ciudad de México 

“Es lo más valioso que tengo”, decía Miguel Ángel sobre su móvil mientras hombres y mujeres continuaban su paso. Muchos de ellos luciendo su ropa de escuderías: gorras con los escudos, camisolas con marcas patrocinadoras y chaquetas de cuero a pesar del calor que se sentía.

En la fila había mucha gente joven, niños y adolescentes que no habían nacido cuando el Gran Premio de la F1 se corrió por última vez en México en 1992.

“Mi corredor favorito era (Ayrton) Senna” dice Miguel Ángel interrumpiendo su intento de trueque.

“Quiero ver la carrera”, deseaba con más ansiedad. No quería otra cosa de lo que hay en las inmediaciones del Autódromo. No le interesaba sacarse fotografías con las edecanes que promocionan una cerveza mexicana como lo hacían algunos jóvenes. “Es ‘pa’l feis’ (Facebook)”, decía uno de ellos.

Miguel mucho menos podía adquirir la mercancía que se vendía en los stands que rodean al autódromo. Los precios eran altos. Una camiseta para niño de la escudería Ferrari valía 1.000 pesos (unos 60 dólares) y una chaqueta de Red Bull costaba 6.000 pesos (unos 360 dólares). 

Tampoco le interesaba escuchar a los grupos musicales que tocaron previo a la carrera y a los que algunos atendían con desgano esperando la arrancada.

El rostro de Miguel Ángel reflejaba más ansiedad y angustia, no lograba conseguir su boleto. “Me gusta al automovilismo desde los 12 años”, contaba mientras el Autódromo estaba muy cerca del lleno.

Mientras Miguel Ángel se había quedado ofertando su viejo teléfono celular a cambio de poder entrar, dentro del autódromo, a punto de entrar a una de las mejores localidades, una chica guapa y sonriente le preguntaba a su novio: “¿Y Rosberg qué es?

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